18 de junio

Esa casa nunca le había gustado. Había pasado muchos años en ella, durmiendo en su cama, subiendo y bajando sus escaleras. Pasaban los inviernos y los veranos en ella. Pero no conseguía tenerle el cariño que le tenían sus hermanos.
¿Cuántas veces había visto a su abuela pasear por el jardín? ¿Cuántas veces había nadado en la piscina ante la atenta mirada de los pinos que rodeaban la casa?
Ahora las tumbonas estaban llenas de hojas, la escalera de la piscina oxidada. Nunca le había gustado esa casa. Pero ahora vivía en ella. Quería pintar las persianas de color verde, pero aún no sabía la tonalidad.
Plantar algunos rosales junto a la entrada, y cambiar la bisagras de las puertas, que siempre emitían un incómodo ruido cuando alguien las abría. Quizá entonces empezaría a gustarle. Un poco, lo justo para acomodarse.

Patio de luces

Los patios de luces son lugares que, sin saber porqué, me encantan. No es que últimamente me haya dado por hablar de arquitectura, se trata más bien de nostalgia. En el edificio donde vive mi abuela hay uno, justo al lado de la cocina, con una ventana horizontal muy larga. A través de los cristales opacos pueden distinguirse las luces de los otros pisos, y la luz que entra desde el hueco reservado al cielo. Hasta la palabra “patio de luces” me resulta fascinante. Un patio de luz, en el que todo brilla, de día y de noche a través de las luces y las vidas de cada hogar. No puedo evitar imaginarme las antigues casas señoriales que ahora pueblan el casco antiguo de mi ciudad, con esos patios enormes justo en la entrada, bañados por el sol.

Estos lugares, en ocasiones condenados por las condiciones arquitectónicas de los edificios, hasta pueden llegar a ser escenarios de breves conversaciones con los vecinos, intercambios de palabras que no tienen importancia, pero que ocurren. En el edificio donde vivo no hay, bueno, no un patio de luces como el de mi abuela. En mi caso es un jardín enorme al que dan algunas habitaciones del edificio y oficinas. Además del sonido del agua de la pequeña fuente sonando de fondo, las plantas crecen en unas macetas enormes que se escalonan unas con otras. Como los Jardines Colgantes de Babilonia en miniatura. Mi propia maravilla privada. La sensación que me transmite es muy pacífica, más de una vez este fue el motivo para que me trasladara a la habitación de mi hermana a estudiar y poder tenerlo delante.

Tampoco sabría explicar porqué escribo sobre los patios de luces. Quizá durante el confinamiento he tenido la oportunidad de observar mejor los edificios que tengo delante, especialmente uno que está en construcción y que deja entrever el patio de luces del edificio vecino. Con mi madre jugábamos a deducir la futura distribución del gigante de hormigón que veíamos a través de la ventana de la cocina. Supongo que empezamos a valorar mejor el entorno al estar encerrados. Nos sorprendía lo grande que es el hueco del ascensor, el supuesto lugar que ocuparía la cocina o el tamaño de las habitaciones, y cómo no, lo grande que es el patio de luces, que casi se funde con el del edificio vecino.

Sin embargo, lo primero que se me ocurre cuando pienso en porqué quise escribir sobre ellos, es que me gustan, por su intimidad, su luz propia y lo que pueden llegar a transmitirme. Todo a través de unas ventanas.

En la ventana

En la cocina de mi casa hay una ventana enorme, con forma de puerta. Al mediodía y por la tarde, especialmente ahora en primavera, entra una luz muy cálida y agradable. Me atrevo a decir que para mí es de los lugares que más me gustan de mi casa. La cafetera está al lado, en la encimera, así que cuando me preparo un café, mientras espero a que la cafetera haga su magia, me asomo por la ventana, y miro al cielo, me gusta mucho más que mirar a la calle, o miro el edificio de enfrente, cotilleando las terrazas y comentando para mis adentros las decoraciones de cada una. Cuando ya tengo el café en la mano, me quedo un rato más allí asomada, como si por un instante pudiera detener el tiempo desde esa posición. Luego este trance se ve interrumpido por aquello que me depare el “después”, pero casi cada día repito lo que es para mí un ritual. En realidad los momentos del café (cualquier bebida o lo que sea está incluido) me transmiten muchos recuerdos, tomar el café con mis padres en el salón, con la tele encendida pero sin ver nada, o en las tardes de estudio cuando era el momento “antes de” cualquier cosa, como pulsar el botón de start; y ahora aunque todo parezca una pausa larga, sigue siendo especial. Poco se valora la magia que tienen las cocinas, son las partes de las casas en las que hay más vida, en las que se mantienen conversaciones y debates muy interesantes, donde se discute o celebran cosas, es un lugar de reunión. Y son acogedoras, casi siempre me atrevería a decir. Cualquier sitio en el que la luz del sol entra con una tonalidad cálida y desértica, como los paisajes de Journey, tienen algo especial para mí, identidad propia. Llevo mucho tiempo viviendo en mi casa, y ha sido en los últimos años en los que he descubierto lo mucho que adoro esa ventana, ese rincón en concreto. Las perspectivas que me da. 

Una ventana con una luz encendida.

Al final las personas nos componemos de lugares a los que volver. Podrían ser refugios, porque a veces funcionan como tal, pero otras, simplemente nos ofrecen un espacio en el que para nosotros todo está en orden, en los que no hay nada a cambiar. Ahora que pasamos más tiempo en casa que nunca, seguro que encontramos estos lugares o los disponemos nosotros mismos, puede ser una parte en concreto de la terraza, en la que el sol pega de una forma distinta, la ventana de vuestra habitación o cualquier otro lugar que para cada uno tenga luz propia. 

Estocolmo

El otro día moví los muebles de mi habitación de sitio. He oído decir que eso da zen, que canaliza la energía de las habitaciones y de los muebles. Eso dicen. Cuando lo hacía, en mi cabeza solo pensaba que estaba matando el tiempo con algo que quería probar. Estaba bloqueada, quizá así el zen de los muebles se canalizaba a través de mí y dejaba algún resquicio en mí. La sensación que tuve sí que fue la más parecida a confinamiento, de hecho ayer por la mañana empezó a diluviar, una tormenta diurna, y sentí la necesidad de salir a la calle y dejar que cada gota cayera sobre mí, como Evey en V de Vendetta cuando sale de su celda. Fue una ilusión espontánea, he cerrado las persianas y he regresado al reino de mi habitación. Allí no llovía y la luz era artificial.

Una idea que lleva rondando por mi cabeza desde hace un par de días: cuando acabe esto, nos apetecerá salir tanto como nos imaginamos o queremos imaginar? Yo quiero pensar que sí. Este mediodía he encontrado la terraza abierta. Fuera estaba de pie mi padre, de pie, observando, mejor dicho, contemplando, la tranquilidad de la calle. Anhelo, eso es lo que he sentido. Entonces él me ha dicho “hay que valorar la vida despacio, saborearla ahora que las horas pasan lento”. Valorar el tiempo cuando lo que hacemos para llenar el día lo llamamos “matar el tiempo”. Me da gracia y lástima a la vez, porque estos días donde disponemos de todo el tiempo del mundo, literalmente, no encuentras el tiempo o la inspiración para hacer esas cosas que tanto hacía que querías hacer: leer todos los libros pendientes, ver la filmografía de alguien, aprender a tocar un instrumento, etc. Valorar el tiempo. Sin embargo, no encontramos la ocasión para muchas de estas cosas. De esta clase de listas mentales que elaboramos, también hay algo que no me cuadra: el hecho de que nos exijamos hacer estas cosas, como una obligación. Soy partidaria de que es cierto, hay cosas que debemos exigirnos para hacerlas de una vez por todas, pero hay otras, las que se basan en la vocación, en el interés y en la creatividad, que no pueden auto-exigirse.

Por eso pienso que sí, claro que querremos salir. Sin embargo, planteo una némesis para esta idea, algo que me parece curioso, al menos en mi cabeza. Y si desarrolláramos un síndrome parecido al de Estocolmo (por no decir idéntico), que no quisiéramos salir a la calle, acostumbrados a esta «reclusión» (tampoco podemos llamarlo así, tenemos bastantes libertades la verdad). Quizá esto no ocurra cuando acaben estos días, de hecho en mi caso lo noto ahora, durante los días. Cuando salgo a tirar la basura siento que estoy haciendo algo mal, la última vez que fui al súper me sentía extraña hablando con el cajero, sensaciones contradictorias en situaciones que antes ni me planteaba. Cuando hablo de que vuelvan los días normales, no quiero reducirlo solo a salir por ahí, me refiero también a la gente. Tanto tiempo sin ver a según qué personas, sin estar con ellas, me lleva a pensar, “qué extraño todo”. No pude despedirme de muchas, a otras quizá no las vea hasta el año que viene, y puede que cuando vuelva la “normalidad” deje de ver a otras. Reconozco que esta clase de pensamiento se me desarrolla a la velocidad de la luz por el hecho de estar encerrada, no es que quiera hacer apología a la negatividad. Ahora mismo todo este flujo de pensamientos se retroalimentan, rebotan como un boomerang en mi cabeza como si fuera una habitación cerrada a cal y canto.

Antes de que llegara toda esta oleada a mi cabeza, después de comer me puse una película, La Vecina De Al Lado, ya sé que parece que lo de espiar a la gente es un tema recurrente. Pero hay una escena al principio en la que los protagonistas tienen su primer contacto visual. Ella baja del coche y empieza a sonar The Killing Moon, él al otro lado del jardín sacando la basura, como una estatua. La cinta no tiene nada especial a recalcar, una película del 2004 con algunas escenas simbólicas, pero esa en concreto hizo que ver la película valiera la pena, y redescubrí una canción. Al terminar de verla, aún con los auriculares puestos empecé a bailar la canción en la cocina mientras me preparaba un té. Ahora mismo te da igual que alguien te vea por la ventana, seguro que todo el mundo tiene sus momentos de liberación espontáneos personales. The Killing Moon, valorar esos cinco minutos despacio.

Azotea

Ayer me desperté, y al abrir las persianas vi que estaba lloviendo (¡y qué frío hacía!). Pensé como esta situación me recuerda cada vez más al capítulo de la Banda del Patio en el que llueve sin parar y no pueden salir al recreo. Entonces cada día, a la hora del recreo, se quedan encerrados en el comedor, donde empiezan a delirar, enfadarse entre ellos y en general tienden a todo tipo de efectos secundarios propios del aburrimiento y de estar encerrados. De hecho llegan al punto de odiar el recreo, deseando poder quedarse en clase.

Tras pensar en esto, me fijé en una construcción que hay enfrente de mi edificio y que lleva así desde este verano o más atrás. Al llegar a casa el sábado, vi que el edificio había pasado en apenas un mes y medio de tener una planta, a tener tres. Me pregunto quién vendrá a vivir aquí, qué historias nacerán junto al edificio, … La lluvia le da otro color a la situación, si ya de por sí es un poco gris un esqueleto de cemento, que el cielo adopte el mismo color es un plus de dramatismo.

No es que hoy me haya dedicado a mirar más por la ventana de lo normal, sino que cuando observo los edificios que envuelven mi casa, me gusta imaginarme qué debe ocurrir en ellos, qué historias guardan. Especialmente ahora que cada hogar se ha transformado en un cofre lleno de historias. ¿Qué hará la gente para no aburrirse?. La noche anterior mi hermana entró en mi habitación y me dijo, “¿Te apetece salir a tomar una cerveza a la terraza?”. Antes de que acabara la frase creía que iba a decir si me apetecía salir fuera, una ilusión del momento. Así que cogimos dos cervezas y salimos fuera, a la terraza. Me sentí como en una de esas azoteas neoyorquinas viendo los pisos al otro lado de la calle, con las luces encendidas, los coches pasar de vez en cuando, y valorando lo extraño que era que el silencio lo envolviera todo. Vamos a intentar convertir esto en una rutina, a las diez de la noche salir a la terraza a tomar una birra, a celebrar lo bien que estamos a pesar de que estemos encerrados. Viendo las diferentes tonalidades que puede tener el día desde la ventana. Por eso intento imaginar qué debe hacer la gente en sus casas estos días, y vuelvo a mirar el edificio que tengo delante, ahora en construcción de manera permanente, pensando que por una parte todo es efímero, pero a la vez todo está paralizado. Pero a pesar de esta paralización latente, veo mucho movimiento, especialmente en los momentos que el día lo permite.

La azotea en la escena final de Her. Foto: Pinterest

Sin ir más lejos (aunque tampoco podría), ayer volví a salir a la calle, esta vez para ir al súper de verdad, decidida y sin ningún tipo ‘performance’ como pretexto. Fue un agradable paseo bajo las farolas y su haz de luz anaranjado que duró unos cinco minutos. Lo bonito fue que de vuelta a casa con el café que había ido a comprar, un bien de primera necesidad por supuesto, irrumpió en la calle la ola de aplausos que ahora tiene lugar cada noche. Pero no fue eso lo que me llamó la atención, ni lo que dirigió mi cabeza a través de los balcones, ventanas y terrazas, sino la melodía de “Viva la Vida” de Coldplay. Resonaba por el cruce de calles detrás de mi bloque, al final localicé la música. Salía de una de las azoteas vecinas.

Entonces que todo esté más paralizado: sí, es cierto y puede percibirse perfectamente, pero no se aplica a todo ni en todo momento. Esa canción, en ese momento, fue como escuchar un himno, una melodía que durante unos segundos nos unía a todos los que la estábamos escuchando.

Antes irme a dormir y finalizar otro día en casa, leí una publicación que llamó mi atención. Hablaba de que la canción de R.E.M, It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine), ha vuelto a entrar en las listas de Estados Unidos, alcanzando el número 64, y por lo visto continua subiendo. Es paradójico, pues en parte estos días es cierto que la vida como la conocíamos: la rutina, salir a la calle a pasear, al trabajo, y otro tipo de actividades que maldecíamos, se ha terminado. Pero a la vez estamos bien, estamos en casa, vivimos en una época en la podemos acceder a bastantes contenidos y posibilidades desde el sofá, muchos pudimos regresar a casa desde otras ciudades y poder estar con la familia, … Sigue siendo una paradoja, pero mantiene algo reconfortante. Quién sabe, puede que la semana que viene sea “Viva La Vida” la canción que vuelva a entrar en las listas, alcance el top 1 y podamos oírla desde nuestras azoteas y balcones.

Salir

Ayer salí a caminar. O lo intenté. Sé que no es lo adecuado, sin embargo, salí sola y me metí por el entresijo de callejuelas desiertas que se forman detrás del bloque de mi casa. Lo hice porque la idea de empezar a espiar a la gente como en Disturbia cada vez se me presentaba más atractiva, pero quizá es un efecto secundario del aburrimiento que pueda prolongar. Así que salí a la calle, nadie ni nada a la vista. Estaba más pendiente de vigilar si veía a alguien, con la palabra ilegal rebotando en mi cabeza, y sé que en parte con razón, que de la música que iba reproduciéndose a través de mis auriculares.

Antes de salir de casa estaba súper decidida poniéndome el abrigo, cuando mis padres me dicen “si te paran dices que vas al súper, coge dinero por si acaso”. Como al actuar en una obra de teatro, debía prepararme mis frases. Salgo a la calle, y, antes de que alguien pudiera pararme por mi infracción de salir al exterior sin perro y sin la intención de ir a comprar bienes de primera necesidad (suena como una película sobre el Armagedón) yo ya me estaba dirigiendo, inquieta, hacia el supermercado más cercano a mi casa, sin la intención de comprar nada, tal era el grado de mi implicación. Sentía como si me estuviera justificando ante ojos y miradas invisibles. Cada persona que me encontraba notaba que me miraba inquisitivamente, como si fuera a llamar en cualquier momento a algún tipo de autoridad futurista y peligrosa, como el DUP en Infamous. Me sentía fuera de lugar. La escena me recordaba a La Purga, sin tanto terror, pero con las calles vacías y encontrándote a una persona (con perro) cada tres minutos, la sensación es que salir a la calle es un riesgo, un riesgo por el que puedes acabar mal. Mi intención era salir a caminar por el paseo que envuelve el torrente que hay enfrente de mi casa, pero tal era mi paranoia, que consideré que era un lugar demasiado expuesto, de tal manera que me dirigí hacia las calles que formaban un pequeño laberinto y escondite perfecto detrás de casa. Al llevar un par de minutos en “el exterior” decidí arriesgarme y salir por una de las callejuelas a otra más ancha: una avenida. Cuando iba a realizar tal movimiento, giré la cabeza hacia la izquierda y lo vi, un coche de policía con cuatro agentes de pie a su lado. El modo de juego pasó a ‘modo fugitivo’, di media vuelta y volví hacia las callecitas que me abrazaban con sus tiendas cerradas, sus balcones y sus coches aparcados indefinidamente. Así que decidí continuar mi trayecto por una calle que literalmente recorría la espalda de mi edificio, cualquier persona que me viera pensaría que estaría desubicada, dando vueltas constantemente por las mismas calles. Entonces le di la vuelta al edificio bajo todas esas miradas que podía imaginarme desde ventanas y balcones y regresé a la entrada. Eso sí, con ese toque dramático de mirar a tu espalda repetidamente mientras llamaba al interfono. La luz roja que indica que la puerta estaba abierta me recibió y volví a casa. La adrenalina que tenía en el cuerpo era extraña, no era de euforia, sino más bien de cuando rompes algo y escondes la prueba del crimen. Sentía que había intentado hacer algo en vano.

Mañana puede que lo vuelva a intentar, quizá cuando sea de noche, puede que entonces consiga pasar más desapercibida.