Patio de luces

Los patios de luces son lugares que, sin saber porqué, me encantan. No es que últimamente me haya dado por hablar de arquitectura, se trata más bien de nostalgia. En el edificio donde vive mi abuela hay uno, justo al lado de la cocina, con una ventana horizontal muy larga. A través de los cristales opacos pueden distinguirse las luces de los otros pisos, y la luz que entra desde el hueco reservado al cielo. Hasta la palabra “patio de luces” me resulta fascinante. Un patio de luz, en el que todo brilla, de día y de noche a través de las luces y las vidas de cada hogar. No puedo evitar imaginarme las antigues casas señoriales que ahora pueblan el casco antiguo de mi ciudad, con esos patios enormes justo en la entrada, bañados por el sol.

Estos lugares, en ocasiones condenados por las condiciones arquitectónicas de los edificios, hasta pueden llegar a ser escenarios de breves conversaciones con los vecinos, intercambios de palabras que no tienen importancia, pero que ocurren. En el edificio donde vivo no hay, bueno, no un patio de luces como el de mi abuela. En mi caso es un jardín enorme al que dan algunas habitaciones del edificio y oficinas. Además del sonido del agua de la pequeña fuente sonando de fondo, las plantas crecen en unas macetas enormes que se escalonan unas con otras. Como los Jardines Colgantes de Babilonia en miniatura. Mi propia maravilla privada. La sensación que me transmite es muy pacífica, más de una vez este fue el motivo para que me trasladara a la habitación de mi hermana a estudiar y poder tenerlo delante.

Tampoco sabría explicar porqué escribo sobre los patios de luces. Quizá durante el confinamiento he tenido la oportunidad de observar mejor los edificios que tengo delante, especialmente uno que está en construcción y que deja entrever el patio de luces del edificio vecino. Con mi madre jugábamos a deducir la futura distribución del gigante de hormigón que veíamos a través de la ventana de la cocina. Supongo que empezamos a valorar mejor el entorno al estar encerrados. Nos sorprendía lo grande que es el hueco del ascensor, el supuesto lugar que ocuparía la cocina o el tamaño de las habitaciones, y cómo no, lo grande que es el patio de luces, que casi se funde con el del edificio vecino.

Sin embargo, lo primero que se me ocurre cuando pienso en porqué quise escribir sobre ellos, es que me gustan, por su intimidad, su luz propia y lo que pueden llegar a transmitirme. Todo a través de unas ventanas.

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