Esa casa nunca le había gustado. Había pasado muchos años en ella, durmiendo en su cama, subiendo y bajando sus escaleras. Pasaban los inviernos y los veranos en ella. Pero no conseguía tenerle el cariño que le tenían sus hermanos.
¿Cuántas veces había visto a su abuela pasear por el jardín? ¿Cuántas veces había nadado en la piscina ante la atenta mirada de los pinos que rodeaban la casa?
Ahora las tumbonas estaban llenas de hojas, la escalera de la piscina oxidada. Nunca le había gustado esa casa. Pero ahora vivía en ella. Quería pintar las persianas de color verde, pero aún no sabía la tonalidad.
Plantar algunos rosales junto a la entrada, y cambiar la bisagras de las puertas, que siempre emitían un incómodo ruido cuando alguien las abría. Quizá entonces empezaría a gustarle. Un poco, lo justo para acomodarse.

