Ayer salí a caminar. O lo intenté. Sé que no es lo adecuado, sin embargo, salí sola y me metí por el entresijo de callejuelas desiertas que se forman detrás del bloque de mi casa. Lo hice porque la idea de empezar a espiar a la gente como en Disturbia cada vez se me presentaba más atractiva, pero quizá es un efecto secundario del aburrimiento que pueda prolongar. Así que salí a la calle, nadie ni nada a la vista. Estaba más pendiente de vigilar si veía a alguien, con la palabra ilegal rebotando en mi cabeza, y sé que en parte con razón, que de la música que iba reproduciéndose a través de mis auriculares.
Antes de salir de casa estaba súper decidida poniéndome el abrigo, cuando mis padres me dicen “si te paran dices que vas al súper, coge dinero por si acaso”. Como al actuar en una obra de teatro, debía prepararme mis frases. Salgo a la calle, y, antes de que alguien pudiera pararme por mi infracción de salir al exterior sin perro y sin la intención de ir a comprar bienes de primera necesidad (suena como una película sobre el Armagedón) yo ya me estaba dirigiendo, inquieta, hacia el supermercado más cercano a mi casa, sin la intención de comprar nada, tal era el grado de mi implicación. Sentía como si me estuviera justificando ante ojos y miradas invisibles. Cada persona que me encontraba notaba que me miraba inquisitivamente, como si fuera a llamar en cualquier momento a algún tipo de autoridad futurista y peligrosa, como el DUP en Infamous. Me sentía fuera de lugar. La escena me recordaba a La Purga, sin tanto terror, pero con las calles vacías y encontrándote a una persona (con perro) cada tres minutos, la sensación es que salir a la calle es un riesgo, un riesgo por el que puedes acabar mal. Mi intención era salir a caminar por el paseo que envuelve el torrente que hay enfrente de mi casa, pero tal era mi paranoia, que consideré que era un lugar demasiado expuesto, de tal manera que me dirigí hacia las calles que formaban un pequeño laberinto y escondite perfecto detrás de casa. Al llevar un par de minutos en “el exterior” decidí arriesgarme y salir por una de las callejuelas a otra más ancha: una avenida. Cuando iba a realizar tal movimiento, giré la cabeza hacia la izquierda y lo vi, un coche de policía con cuatro agentes de pie a su lado. El modo de juego pasó a ‘modo fugitivo’, di media vuelta y volví hacia las callecitas que me abrazaban con sus tiendas cerradas, sus balcones y sus coches aparcados indefinidamente. Así que decidí continuar mi trayecto por una calle que literalmente recorría la espalda de mi edificio, cualquier persona que me viera pensaría que estaría desubicada, dando vueltas constantemente por las mismas calles. Entonces le di la vuelta al edificio bajo todas esas miradas que podía imaginarme desde ventanas y balcones y regresé a la entrada. Eso sí, con ese toque dramático de mirar a tu espalda repetidamente mientras llamaba al interfono. La luz roja que indica que la puerta estaba abierta me recibió y volví a casa. La adrenalina que tenía en el cuerpo era extraña, no era de euforia, sino más bien de cuando rompes algo y escondes la prueba del crimen. Sentía que había intentado hacer algo en vano.
Mañana puede que lo vuelva a intentar, quizá cuando sea de noche, puede que entonces consiga pasar más desapercibida.
