18 de junio

Esa casa nunca le había gustado. Había pasado muchos años en ella, durmiendo en su cama, subiendo y bajando sus escaleras. Pasaban los inviernos y los veranos en ella. Pero no conseguía tenerle el cariño que le tenían sus hermanos.
¿Cuántas veces había visto a su abuela pasear por el jardín? ¿Cuántas veces había nadado en la piscina ante la atenta mirada de los pinos que rodeaban la casa?
Ahora las tumbonas estaban llenas de hojas, la escalera de la piscina oxidada. Nunca le había gustado esa casa. Pero ahora vivía en ella. Quería pintar las persianas de color verde, pero aún no sabía la tonalidad.
Plantar algunos rosales junto a la entrada, y cambiar la bisagras de las puertas, que siempre emitían un incómodo ruido cuando alguien las abría. Quizá entonces empezaría a gustarle. Un poco, lo justo para acomodarse.

¿Cómo voy a ser una falsa Alicia si este es mi sueño?

¿Alguna vez os habéis sentido identificados con Alicia? La del país de las maravillas digo. Esta historia siempre ha llamado mi atención la verdad, desde pequeña, y aunque nunca he llegado a leer la obra o ver el clásico de Disney (lo tengo pendiente, de verdad) por fin me introduje en el universo de Alicia con la película de Tim Burton. Sé que es una adaptación libre, que ocurre años más tarde de los sucesos originales, pero me parece genial. Toda la composición, en conjunto, crea una versión nueva de una historia que parecía no poder ofrecer más novedades. Lo que quiero explicar con todo esto es, que aunque nunca he leído la novela de Lewis Carroll ni he visto la película de 1951, y que lo único escrito relacionado con la obra que he leído ha sido una versión en inglés que tuvimos que leer para clase, y sinceramente, creo que por muy bonitas que fueran las ilustraciones del libro, condensar toda esa historia en unas treinta páginas, no es muy buena fórmula (aunque en ese momento se agradecía para poder llegar bien al examen). Lo que quiero conseguir con lo que escribo, es establecer un breve paralelismo entre una de las escenas de la cinta de Burton y uno de los cantes de la ‘Divina Comedia’ de Dante.

Recuperando ‘Alicia en el país de las maravillas’, por muy interesada que estuviera en toda la historia, en los mensajes que transmite y en ese universo subterráneo, no llegué a quedarme prendada de verdad hasta que vi la película de 2010, que he vuelto a ver recientemente.

Para hablar un poco de la cinta, quiero destacar que una de mis escenas favoritas se enmarca en los doce primeros minutos. Esos minutos iniciales consisten en la presentación de Alicia, de 19 años, yendo con su madre a una fiesta de la alta sociedad. Es allí, en ese escenario compuesto por jardines, árboles y una enorme casa que preside la fiesta (Anthony’s House, la busqué en Google), que ofrece una atmósfera hipnótica y preciosa visualmente. Nos paseamos por sus jardines laberínticos conociendo a los invitados que protagonizan la escena: todos vestidos en tonos que oscilan entre el blanco, el celeste y el amarillo pálido.

Mención aparte merece la crítica que podría establecerse en esta misma escena de la aristocracia inglesa y cabe destacar también el estrecho parentesco entre algunos personajes que interactúan con Alicia en los jardines y los que luego conoce al caer por la madriguera. Y mientras sucede todo esto, llegamos al punto de inflexión de la trama en el que suena de fondo la canción ‘Proposal/Down the Hole’, compuesta por Danny Elfman, encargado de la banda sonora de la película. La canción empieza a sonar en el momento en el que Hamish le pide matrimonio a Alicia y continua cuando ella persigue al conejo blanco, finalizando una vez desciende por la madriguera.

Retrato familiar. Foto: Fanpop.

Todo esto lo quería conducir hasta la siguiente relación, que establecí al poco de ver la película, momento en la que también me dio por «investigar» sobre la ‘Divina Comedia’ de Dante. Y es que esos días me dio también pir volver a escuchar a Hozier, especialmente una canción que me fascina ‘In the woods somewhere’. Investigando y buscando el significado que podría tener la canción, con la página de Genius encontré una anotación de la propia plataforma que mencionaba que el tema contenía ciertos paralelismos con el primer canto de la obra de Dante, el Inferno. Y en ese momento, lo relacioné todo.

La ‘Divina Comedia’, igual que ‘Alicia en el país de las Maravillas’, es una novela cuyo contenido siempre me ha atraído mucho, por su aura mística, esotérica y las múltiples interpretaciones a la que puede dar lugar la obra. No solo la parte más famosa del viaje que realiza Dante, el Infierno, sino el conjunto de sus explicaciones, descripciones y experiencias que tiene a lo largo del trayecto. En la obra, Dante inicia su descenso al Infierno para posteriormente alcanzar el reino celestial acompañado del poeta romano Virgilio, quien solo le acompaña a través del mencionado Infierno y del Purgatorio. El poeta también ejerce de protector de las distintas fuerzas y criaturas que van encontrando, y finalmente debe separarse de Dante pues no es digno de avanzar hacia el Paraíso, por lo que permanece en el Limbo. ¿Y dónde encaja Alicia en todo esto? Bueno, la verdad es que no me fijé exactamente en Alicia en la película de Burton para establecer la comparación (si puedo llamarlo así) sino en el Gato de Cheshire.

El primer canto del Purgatorio, por Gustave Doré. Foto: Wikipedia.

El famoso gato con la sonrisa de oreja a oreja, que habla de manera traviesa y embelesada y que tiene la capacidad de evaporarse (muy oportuno por cierto). La situación es la siguiente, una vez Alicia entra en el submundo (como Dante) le ataca una bestia llamada el Magnapresa, de la que consigue escapar. Después del ataque ella sigue su camino sola, y es en ese momento de soledad, en medio de la noche, cuando se le aparece Cheshire. El diálogo que mantienen es curioso, especialmente sobre la cuestión que flota en el aire toda la película cuando el gato le pregunta «¿Eres Alicia?», a lo que ella responde, «Ha habido un debate sobre eso». Sin embargo, la frase de Cheshire que más me cautivó en esta escena fue la siguiente: “Te llevaré con la Liebre y el Sombrerero, pero nada más”. La película la vi unos días antes de empezar a sumergirme en análisis, explicaciones e interpretaciones de la obra de Dante, pero esta frase vino a mi mente cuando leí que Virgilio acompaña a Dante hasta el Purgatorio… y nada más. Como el acompañante del florentino, el gato escolta a Alicia hasta los personajes mencionados, los que a su vez la ayudarán a seguir con su viaje, el cual solo puede realizar sola. ¿Familiar? Y con la frase, pronunciada con el tono propio del carácter del personaje (el Sombrerero se refiere a él como un cobarde y un traidor), es como si de verdad no pudiera avanzar más a partir de ese punto.

Supongo que solo es una conclusión nacida de la casualidad, pero hace varias semanas que pensé esto y se lo expliqué a un amigo, el cual me dijo que era algo muy intrigante y que podría servir para un artículo. Aquí está pues. No estoy segura de si habré podrido transcribir mis pensamientos de la mejor forma posible, pero me alegro de haber podido plasmar esta idea, combinando dos obras que admiro. Así que nada más y bien viaje.

¿Quién ha decorado el piso de Patrick Bateman?

Puede que la cabeza de Patrick Bateman, el personaje interpretado por Christian Bale en la cinta American Psycho (2000) sea un caos, pero la impecabilidad de su piso, o de los otros espacios que aparecen en la película de Mary Harron se hace notable a lo largo de los 101 minutos de duración del filme. Todo se encuentra limpio y ordenado, sin nada fuera de su lugar, nada que produzca rechazo. Todo es perfecto. El placer de lo estético. Esto contrasta con el carácter de Bateman, quien representa todo lo contrario bajo una coraza de cuidada apariencia y perfección. 

El acogedor piso de Patrick Bateman. Foto: Scene Therapy.

El piso de Patrick parece sacado de una revista de Ikea, un piso minimalista, con los muebles justos y cuya posición parece calculada al milímetro. La cocina impoluta, el salón igual, todo en una escala de colores que oscila entre los grises y los blancos. Nada sale de este espectro de color, lo que contribuye a que el piso mantenga un aura futurista y moderna. Aura que también me transmitió en la película la ciudad de Nueva York, pues básicamente los espacios principales en los que se desenvuelve la acción son varios restaurantes caros en los que se mueve el protagonista y sus amigos, el edificio donde trabaja y su despacho, las calles neoyorquinas rodeadas de rascacielos, y el piso (o casa de los horrores) del protagonista. 

El despacho de Patrick Bateman y al fondo, la ciudad de Nueva York. Foto: Imdb.

Esta ambientación, especialmente la de las calles e incluso la del despacho de Patrick, contribuye perfectamente a la sensación de “pasar desapercibido” propio de las grandes ciudades, del vacío de los espacios en los que se mueven los personajes, de la superficialidad que los llena. En el caso del despacho del protagonista, el paisaje que puede observarse desde la ventana es completamente gris. Un telón formado por rascacielos grises que contribuyen a la sensación mencionada anteriormente de pequeñez, de “perderse entre la multitud”, de la fragilidad de los seres humanos. Solo una ventana más, un despacho más entre cientos de miles. Todo envuelto en esa paleta de colores grisáceos y blanco hueso (como diría el propio Bateman). 

Otro elemento que caracteriza a la perfección esa persecución de lo estético en la película es la escena de las tarjetas. En esta escena, Bateman y sus compañeros empiezan a comparar sus tarjetas de presentación, comentando los elementos que incluyen, el diseño que las define y varias características que contienen y a las que pocas personas darían importancia. Como si estuviéramos en un universo en el que esta clase de cosas lo dominasen todo, donde fueran lo más importante. Pues en la mencionada escena, los planos detalle que se hacen de cada una de las tarjetitas, desde la observación de la tipografía, hasta la rugosidad del papel o el color, te hacen caer en lo realmente bonitas y perfectas que son. Valoras el placer visual que producen, y en que una vez más, la estética cuenta mucho, y cómo una persona como Patrick Bateman, con el caos que reina en su cabeza, puede ser tan simétrica, ordenada y perfecta a la vez (aunque luego le produzca un ataque que alguien tenga una tarjeta mejor que la suya). En lugar de decir que la cara es el espejo del alma, en este caso podríamos decir que es la tarjeta de tu oficina. Aunque a Bateman no le hace justicia. 

La tarjeta de presentación de Bateman, ¿Bonita no?. Foto: Pinterest.
La tarjeta del archienemigo de Bateman, Paul Allen (Jared Leto). Foto: Imdb.

Pasearse por American Psycho con Christian Bale es como pasearse junto a alguien obsesivo por una tienda de decoración, especialmente por las zonas de “Oficina” o “Zonas de trabajo”. Muebles modernos, simétricos, cada uno en su lugar. Una visión de espacios perfecta, manchada únicamente por algunas salpicaduras de sangre, el sonido de una motosierra o algún que otro CD que el propio Bateman ponga para amenizar el ambiente. Porque él es así, un tipo que cuida los detalles, su carta de presentación, pues al final es todo lo que tiene. Y por ello, a pesar de todo el desastre, sigue poblando algún tipo de calma, como un embrujo. No sé si es el estilo Dorian Gray del protagonista, con sus rutinas de perfección y belleza, lo que te hace olvidar sus pecados y centrarte en lo bien que se cuida, la buena planta que tiene y su exquisito gusto para decorar.

La venganza personal del protagonista, en proceso. Foto: Imdb.

Patio de luces

Los patios de luces son lugares que, sin saber porqué, me encantan. No es que últimamente me haya dado por hablar de arquitectura, se trata más bien de nostalgia. En el edificio donde vive mi abuela hay uno, justo al lado de la cocina, con una ventana horizontal muy larga. A través de los cristales opacos pueden distinguirse las luces de los otros pisos, y la luz que entra desde el hueco reservado al cielo. Hasta la palabra “patio de luces” me resulta fascinante. Un patio de luz, en el que todo brilla, de día y de noche a través de las luces y las vidas de cada hogar. No puedo evitar imaginarme las antigues casas señoriales que ahora pueblan el casco antiguo de mi ciudad, con esos patios enormes justo en la entrada, bañados por el sol.

Estos lugares, en ocasiones condenados por las condiciones arquitectónicas de los edificios, hasta pueden llegar a ser escenarios de breves conversaciones con los vecinos, intercambios de palabras que no tienen importancia, pero que ocurren. En el edificio donde vivo no hay, bueno, no un patio de luces como el de mi abuela. En mi caso es un jardín enorme al que dan algunas habitaciones del edificio y oficinas. Además del sonido del agua de la pequeña fuente sonando de fondo, las plantas crecen en unas macetas enormes que se escalonan unas con otras. Como los Jardines Colgantes de Babilonia en miniatura. Mi propia maravilla privada. La sensación que me transmite es muy pacífica, más de una vez este fue el motivo para que me trasladara a la habitación de mi hermana a estudiar y poder tenerlo delante.

Tampoco sabría explicar porqué escribo sobre los patios de luces. Quizá durante el confinamiento he tenido la oportunidad de observar mejor los edificios que tengo delante, especialmente uno que está en construcción y que deja entrever el patio de luces del edificio vecino. Con mi madre jugábamos a deducir la futura distribución del gigante de hormigón que veíamos a través de la ventana de la cocina. Supongo que empezamos a valorar mejor el entorno al estar encerrados. Nos sorprendía lo grande que es el hueco del ascensor, el supuesto lugar que ocuparía la cocina o el tamaño de las habitaciones, y cómo no, lo grande que es el patio de luces, que casi se funde con el del edificio vecino.

Sin embargo, lo primero que se me ocurre cuando pienso en porqué quise escribir sobre ellos, es que me gustan, por su intimidad, su luz propia y lo que pueden llegar a transmitirme. Todo a través de unas ventanas.

Y líbranos del mal, Constantine

El bien y el mal existen. Y me atrevo a decir que todos los hemos visto alguna vez, puede que no en una forma mística, transformada o monstruosa, propia de uno de esos oscuros cuadros que habitan en las iglesias, pero los hemos visto. Incluso puede que nos hayamos enfrentado al bien y al mal, saliendo victoriosos algunas veces, y otras no tanto. En ocasiones simplemente salimos, a secas. Quizá no tengamos una escopeta en forma de cruz como la de John Constantine, y no vendrá a recogernos el mismísimo Diablo en nuestro lecho de muerte, pero algo muy cierto guarda la historia de ‘Constantine’ (Francis Lawrence, 2005) que el bien y el mal viven entre nosotros, cada día, caminan entre nosotros, a veces nos dan la mano, y otras veces nosotros les damos la espalda. Hay personas que conviven con estos elementos en su interior, y otras que potencian (por muy difícil que sea) uno de ellos. Pero si tuviera que tomar partido, considero que todos tenemos ambos dentro de nosotros mismos, podría ser como un Ying y el Yang versión anatomía. Y como Keanu Reeves en Constantine, la vida nos enseña (quizá no de manera tan brutal como le ocurre a él) a ver y analizar estas conductas, las buenas y malas acciones, las personas que detrás de su bondad esconden malicia, otras cuyas buenas acciones son reales y fuertes, mejoran su entorno. Las personas tóxicas y las que no lo son, o no lo son tanto. 

Quizá todo esto pueda ser demasiado subjetivo, pero al ver ‘Constantine’, pude ver con claridad varios paralelismos con la vida real, sin la necesidad de tener que ver gárgolas sobrevolando las calles. Y el personaje de Medianoche (Midnite en la versión original), interpretado por Djimon Hounsou, podría ser otro paralelismo, el de aquellas personas neutrales, con miedo (o precaución) e incluso con el pensamiento egoísta, de no querer ensuciarse las manos en asuntos que no son los suyos, donde no quieren meterse. Si Medianoche hiciera el test de las 16 personalidades, pongo la mano en el fuego de que sería cónsul.

Además de algunos mensajes que interpreté en las escenas, la historia que cuenta la película es una fantasía oscura, paradójicamente ubicada en Los Ángeles (City of Angels puede leerse en el taxi que lleva a John Constantine en la primera escena de la película). Todos los datos y detalles que Constantine conoce y va revelando, los métodos que utiliza, las visitas al Infierno que lleva a cabo y cómo debe hacerlo, las armas, los trucos, las visiones, todo son piezas que encuentran su lugar a la perfección en este puzle formado por pasajes de la Biblia y exorcismos. La cinta sumerge al espectador en un universo propio y único, lleno de elementos interesantes y curiosos que te atraen y atrapan cada vez más, igual que lo hacen los personajes. 

Constantine con su arma favorita haciendo lo que más le gusta de su trabajo. Foto: Filmaffinity

Los personajes, sí. Empezaré por quien da nombre a la cinta: John Constantine (Keanu Reeves), detective de lo paranormal con carnet propio, capaz de fumarse dos paquetes al día, y a quien, después de todo lo vivido, le va a destruir un cáncer de pulmón. El protagonista indiscutible de la historia, sacado de las viñetas del cómic ‘Hellblazer’ de DC Comics para trasladarlo a la gran pantalla. Él conduce la historia y tiene un imán propio: su carácter, lo enigmático y esotérico que es y lo impasible que llega a mostrarse ante situaciones surrealistas. Un hombre a quien al principio ves como un narcisista con un ego más grande que el demonio que expulsa en la primera escena, y a quien, al mismo tiempo y mientras avanza la película, ves cambiar. El cambio es mínimo y perceptible en algunos gestos, pero Constantine cambia y sus facciones serias y monótonas, también. Descubre su verdadera misión en la (tercera) vida que se le concede. Y lo mejor: parece gustarle lo suficiente para querer vivirla de la mejor manera posible.

Constantine (Reeves) en plena acción por las calles de Los Ángeles. Foto: Filmaffinity

El otro personaje que da qué hablar: Angela Dodson (¿Casualidad que se llame Angela?), interpretada por la magnífica Rachel Weisz. Ella es agente de policía en el mundo real, el que todos podemos ver. Todo lo contrario al de Constantine. Ambos se complementan a la perfección, el dúo perfecto. Ella es creyente, a pesar de negarse a sí misma su capacidad para ver cosas; mientras que Constantine está obligado a ver todo lo que ve le guste o no, y su fe parece practicar funambulismo. Los dos demuestran no ser tan distintos, compartir concepciones similares sobre el mundo, el cielo, el infierno y todo lo que habita en ellos.

Y en cuanto al bloque de personajes, quería comentar brevemente uno más, el arcángel Gabriel. Este personaje bíblico lo interpreta la camaleónica Tilda Swinton, y entre otros valores, en la película Gabriel encarna a la perfección la hipocresía, la envidia, el ansia de poder y la traición. Básicamente todo lo contrario a lo que se explica de él en la Biblia. Gabriel pertenece al Cielo, pero se pasea entre las sombras, moviendo con agilidad los hilos que harán tambalearse el equilibrio entre el cielo y el infierno, entre Dios y el mismísimo Lucifer.

Todo este cóctel de terror, fantasía y misticismo dan lugar a una cinta interesante, intensa y plagada de acción, que a mí me ha sorprendido gratamente. No puedo compararlo con la obra impresa porque no he tenido la oportunidad de leerla, pero la película se ha ganado mi opinión favorable. Un elenco explosivo y único facilitan todo este resultado bajo las órdenes de Lawrence (responsable entre otras cintas de la primera entrega de la saga Los Juegos del Hambre). En fin, recordad que ni el bien ni el mal se encuentran tan lejos de nosotros, caminan a nuestro lado día y noche, solo debemos encontrar el equilibrio. O lo hará John Constantine por nosotros.

Portada de la película ‘Constantine’ (2005). Foto: Filmaffinty

Oda als cinemes a la fresca

Aquest estiu, com el que portem d’any des de març, està sent diferent. No cal aprofundir-hi molt, tots ho hem notat. Em recorda a una il·lusió, la il·lusió de la normalitat. I com altres coses que no gaudirem aquest estiu, jo vull dedicar aquest text a fer el recordatori d’un esdeveniment en concret, el qual tinc en alta estima, especialment al poble on passo els estius: els cinemes a la fresca. He llegit que a Palma sí se’n celebraran, alguns, contats. Però als pobles ha estat una iniciativa que en la majoria de casos s’ha vist trencada degut a les circumstàncies. Aleshores, almenys en el meu estimat poble, no tindrà lloc aquella reunió de gent, amics i família, davant la pantalla blanca, esperant la projecció. La meva admiració cap a aquest esdeveniment també recau en la seva especial ubicació. El lloc escollit per instal·lar-hi la pantalla és un pinar que es troba al final del Port, la zona més freqüentada del poble. Una esplanada plena de pins, arena i amb la mar a la teva dreta són els elements que acompanyen la projecció. Es pot ensumar l’estiu, impregnat a les branques dels arbres. Quasi tot el poble s’hi reuneix allà baix, a la nit, no importa la pel·lícula que sigui, si anava destinada als més petits o als més grans, sinó la companyia, l’ambient, el poble.

En realitat, trob a faltar els cinemes en sí, tots ells, en totes les seves formes. El fet d’anar al cine i tot el que comporta (o comportava): mirar la cartellera, escollir la pel·lícula, comprar les entrades, asseure a les butaques, veure els anuncis i deixar-te submergir en el so dels altaveus. Ho trob molt a faltar. Però els cinemes a la fresca són quelcom més especial, en la meva opinió, perquè són puntuals, com una pluja d’estels. Tenen lloc uns dies en concret, en una època concreta de l’any i en un context concret. Formen una part essencial del meu concepte d’estiu. Quan pens en aquests mesos, em venen moltes coses al cap, les quals també estim molt, però també la pregunta que faig als meus amics, “anirem a n’es cine a la fresca enguany, no?”.

Les nits d’estiu ja de per sí gaudeixen d’una essència especial, són màgiques, però encara més si aconsegueixen reunir tanta gent per gaudir d’una pel·lícula. Els cinemes a la fresca seran una cosa més a afegir a la llista de mancances de l’estiu, dins la “nova normalitat” gens normal.

Pels llibres dels llibres, amén

Aquest Sant Jordi, com tots sabem, és diferent, és trist, és buit. No hi haurà carrers plens de parades de llibres, ni firmes d’escriptors, ni passejades amb els amics o amb la família, o amb qui ens agradi passar aquest dia. No hi haurà roses que enlluernin els carrers. Els llibres, tot i que sé que no és lo més important, se moren. Dia a dia, amb el desús, amb la falta d’interés, es van extingint, els ofeguem fins que moren, i després ens preguntem “què passa amb els llibres?”. Però seguim sense fer res, com si es tractés d’una batalla perduda. Encara així, la lectura i els llibres, segueixen vius, hi són, i esper, hi seran durant molt temps. Una pena la creu que carrega la lectura per a molta gent des de petits, i en ocasions per sempre, quan s’imposava aquesta activitat a l’escola. Es podria dir que és aquí on neix el rebuig per part d’algunes persones, quan es tractava de quelcom obligat. Però això només és acariciar la superfície, es tracta de trobar la literatura adequada per a tu, el teu racó en el món de les lletres. No pretenc adoptar cap discurs moralista, simplement intent reflexionar damunt la pèrdua que suposa un dia com aquest, la tristesa que hi arrelarà, ja no només per a les llibreries, sinó per als llibres, en paper especialment, i a l’hàbit de la lectura.

Amb tot això, tampoc intent fer campanya a favor de la compra dels llibres, tots en tenim suficients a casa per començar un bon recorregut, i sense entrar en temes econòmics, s’ha d’afegir que la majoria no són precisament assequibles. Només vull fer una crida a la lectura i a l’amor pels llibres i la literatura, i que hi ha mil opcions per accedir-hi (sense anar més lluny, les llibreries Re-Read, o qualsevol altra plataforma o tenda de segona mà). Aquest 23 d’abril serà com una de les punyalades que Bruto va assestar a Julio César. Deixant de banda el debat del consumisme o no consumisme en un dia com el del llibre, hi ha un punt que consider que venç als altres: el foment d’una activitat purament sana com és la lectura. 

En dies com els que estem vivint, en els que, desgraciadament, ens estem acostumant a veure els carrers buits, en els que una estranya monotonia (per no dir rutina), ens envaeix i s’apodera de tot, és difícil preocupar-se per un dia com el del llibre. Sóc plenament conscient que no és, ni molt manco, més important que altres dates, per res. De fet, és una data més, com els festivals, els concerts, les celebracions, els viatges i altres activitats que s’han cancel·lat arrel de la tràgica situació actual. No escric això pel dia de Sant Jordi, ni per la llegenda del drac i la rosa, ni pels regals de llibres. Escric això per a ells, per als llibres, per a la literatura i per a l’estimada, i a la vegada subestimada, lectura, per tot el que m’han aportat. Pels llibres que m’han acompanyat en la infància i en l’adolescència, pels que m’han recomanat o he recomanat, pels mons que m’han obert, els viatges que m’han concedit, els coneixements que m’han atorgat, els universos concentrats en dues-centes pàgines que podem traslladar d’un lloc a un altre, les històries que he viscut, la companyia que m’han brindat en trajectes en avió, tren o vaixell, en els vespres en els que no puc dormir, a la vora de la mar, a la terrassa al sol, al pati, a l’ombra o al sofà en un dia gris. Pels misteris que he resolt amb els personatges, per l’oportunitat de visitar altres èpoques, pels ensenyaments que he tret d’ells, pels doblecs que fem en les pàgines que ens semblen interessants, per l’adicció que alguns ens provoquen. Només vull donar les gràcies als llibres i al que és capaç de transmetre la lectura. Ara més que mai. Feliç dia del llibre. 

En la ventana

En la cocina de mi casa hay una ventana enorme, con forma de puerta. Al mediodía y por la tarde, especialmente ahora en primavera, entra una luz muy cálida y agradable. Me atrevo a decir que para mí es de los lugares que más me gustan de mi casa. La cafetera está al lado, en la encimera, así que cuando me preparo un café, mientras espero a que la cafetera haga su magia, me asomo por la ventana, y miro al cielo, me gusta mucho más que mirar a la calle, o miro el edificio de enfrente, cotilleando las terrazas y comentando para mis adentros las decoraciones de cada una. Cuando ya tengo el café en la mano, me quedo un rato más allí asomada, como si por un instante pudiera detener el tiempo desde esa posición. Luego este trance se ve interrumpido por aquello que me depare el “después”, pero casi cada día repito lo que es para mí un ritual. En realidad los momentos del café (cualquier bebida o lo que sea está incluido) me transmiten muchos recuerdos, tomar el café con mis padres en el salón, con la tele encendida pero sin ver nada, o en las tardes de estudio cuando era el momento “antes de” cualquier cosa, como pulsar el botón de start; y ahora aunque todo parezca una pausa larga, sigue siendo especial. Poco se valora la magia que tienen las cocinas, son las partes de las casas en las que hay más vida, en las que se mantienen conversaciones y debates muy interesantes, donde se discute o celebran cosas, es un lugar de reunión. Y son acogedoras, casi siempre me atrevería a decir. Cualquier sitio en el que la luz del sol entra con una tonalidad cálida y desértica, como los paisajes de Journey, tienen algo especial para mí, identidad propia. Llevo mucho tiempo viviendo en mi casa, y ha sido en los últimos años en los que he descubierto lo mucho que adoro esa ventana, ese rincón en concreto. Las perspectivas que me da. 

Una ventana con una luz encendida.

Al final las personas nos componemos de lugares a los que volver. Podrían ser refugios, porque a veces funcionan como tal, pero otras, simplemente nos ofrecen un espacio en el que para nosotros todo está en orden, en los que no hay nada a cambiar. Ahora que pasamos más tiempo en casa que nunca, seguro que encontramos estos lugares o los disponemos nosotros mismos, puede ser una parte en concreto de la terraza, en la que el sol pega de una forma distinta, la ventana de vuestra habitación o cualquier otro lugar que para cada uno tenga luz propia. 

La verdad puede ser extraña

Todos buscamos un qué en la vida, lo mismo le ocurre a Stephen Strange, aunque no durante su vida como cirujano, más bien, cuando empieza su “segunda vida”. Una vida que para nada él consideraba que iba a ser la suya, dotada de unos conocimientos que él rechaza.

A partir de aquí, este artículo contiene spoilers sobre la película.

Como adentrarse en un caleidoscopio gigante, una casa de los espejos o el mismísimo País de las Maravillas, Dr. Strange nos abre un portal hacia una visión mística y mucho más mágica y profunda del universo Marvel. Aunque no voy a entrar en aspectos del MCU (Marvel Cinematic Universe), sino que voy a centrarme en mensajes vitales que esconde la película de Scott Derrickson. Porque detrás de tantas ilusiones y hechizos, detrás del desconocimiento, se esconden algunas que otras verdades, que para mí, después de volver a ver la película, me han transmitido mucho. Si la primera vez quedé impresionada por la acción, y de nuevo lo he hecho, esta vez debo añadir que también por determinadas partes del guión y escenas concretas.

Stephen Strange se nos presenta como un hombre que lo tiene todo: un buen trabajo, dinero, amor y prestigio. Pero como muchas veces habremos leído o nos habrán dicho, eso no es del todo importante. La salud, como actualmente tanto se nos repite, es algo tan importante y que sin embargo parecemos olvidar constantemente. Eso rompe con la anterior vida de Strange y actúa como interruptor de la búsqueda que inicia posteriormente.

El trágico despertar del Dr. Strange. Foto: Imdb

Por otro lado, y la verdad es que no sé si ha sido cosa únicamente del guionista o si algún “mantra«, como diría el Dr. Strange de Benedict Cumberbatch, sale directamente de las páginas de los cómics. Sin embargo, una cosa tengo clara, y es que en esta ocasión, al volver a ver la cinta, me ha abrumado la cantidad de líneas que dan pie a reflexiones, especialmente por parte de La Anciana (interpretada por Tilda Swinton). 

Uno de los principales momentos que quiero destacar es el siguiente, para mí una de las escenas más hermosas de la película. Situación: Nueva York a los pies de Strange y de La Anciana, el tiempo corre lentamente, muy lentamente, puede contemplarse el vuelo de un helicóptero, los rascacielos de Manhattan y el inicio de una tormenta con todo lujo de detalles, todo desde el balcón de la cafetería de un hospital. La Anciana, consciente de su inminente muerte, le dice a Strange, agarrándole la mano, “la muerte da sentido a la vida”. Le agarra la mano en un gesto de inocencia y miedo. Aquí se me encendió la bombilla, y lo relacioné con algo que también he leído y oído otras veces: una persona con tanto poder (como ella), no deja de ser igual que cualquier otra. Eso es algo que caló en mí, las ansias de poder no cambian nada, todos perecemos ante lo mismo. Lo mismo le ocurre a Strange al inicio de la película, lo tiene todo bajo control, o eso cree él, como tantas otras cosas. Sin embargo, no es así, de hecho, nada es como él piensa.

Strange y La Anciana, más unidos que nunca. Foto: Imdb

«Mírame, estirando este momento para que dure mil momentos, solo para poder ver la nieve», La Anciana

Toda la escena en la terraza me parece preciosa, adoro estos momentos y la “seguridad” (por decirlo de alguna manera, me recuerda a la sabiduría que desprende el rey Balduino (Edward Norton) en El Reino de los Cielos, cada palabra que dice me hace reflexionar), en cada una de sus palabras. Disculpad la subjetividad, pero es devastador todo lo que confiesa el personaje de Swinton en una escena como la que se describe, y no lo hace como momento de flaqueza o sinceridad antes de morir, sino como revelación de la única verdad que importa y de la que no somos conscientes: el tiempo y su transcurso, incluso de la aceptación de la muerte. No le transmite ningún conocimiento sobre hechizos o poderes que deba saber para luchar, simplemente le explica la importancia de sus acciones, de la muerte y de su participación, «que nada depende de usted», le dice, en un engranaje que abarca mucho más de lo que cree. Como le dice Blackwood a Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009), “Endurezca la mente Holmes, le necesito”. Ahora imaginaos esa frase pero con bondad y no la sombría entonación de Mark Strong.

Strange a punto de entrar el plano astral. Foto: Imdb

Todo lo que cuenta Swinton son palabras reales, no frases vacías sin un propósito, pueden sacarse de la pantalla y aplicarse perfectamente a la vida fuera de ella. Toda esta reflexión es producto de mi deducción, cuando lo vi todo muy claro.

«El fin no es esto, hay otras cosas que pueden dar significado a tu vida», Christine Palmer

El personaje de McAdams me parece también clave en la historia. Con apariciones contadas, Christine Palmer (McAdams) se convierte en el puerto al que vuelve Strange constantemente, su refugio, su ayuda más importante, y la persona a la que más quiere. Es la personificación de aquello que Strange se negaba a creer o a plantearse, que cuando Stephen dice “la vida sin mi trabajo…”, “sigue siendo vida”, le dice ella terminando la frase. Aunque, por desgracia él en ese momento no pueda verlo. Y el tiempo sigue corriendo, tiempo que acaba separándolos (sin saber si de manera definitiva). Le da esperanza, y sobretodo, cree en él por encima de todo, a pesar del daño que le haya causado, y por ello también sabe que debe alejarse. 

Christine acompaña siempre a Stephen, en forma de tiempo. Foto: Imdb

Universos y probabilidades infinitas

La cantidad de dimensiones y universos que se mencionan y enseñan, lo interpreté como las posibilidades que tenemos para actuar con y para nuestro entorno, sabiendo las consecuencias que pueden llegar a tener nuestros actos, y no aprovechándonos de las oportunidades que nos brinda la vida como si fueran de usar y tirar. Más bien verlo como algo valioso, todos los usos y opciones que nos ofrece.
La apertura de tantas dimensiones a los ojos de Strange (y a los nuestros), representa eso para mí.

Considero que esta es una película que puede verse desde distintas perspectivas, al aplicarle un simbolismo distinto a elementos que vemos en pantalla, como el cosmos y la inmensidad tanto del espacio como de las dimensiones, que podría equipararse al desconocimiento humano, otro elemento muy presente en la cinta de Derrickson.

El principio del todo para un nuevo Stephen Strange. Foto: Imdb

Al volver a ver la película del Dr. Strange, ha sido como verla por primera vez, porque todo lo que me ha transmitido ha sido distinto. Ha adoptado una nueva visión, un nuevo significado. Esta vez no la he visto como una película que es la continuación o el epílogo de algo más grande como es el MCU, sino como un mensaje sencillo y pequeño sobre la vida, como somos las personas en algo tan inmenso como el universo.

No es una novela sobre zombis

Una novela sobre la vida de un guionista que vive en Chicago. Cuya vida (ya extraña de por sí), pasa a otro nivel cuando se encuentra a su casero revolviendo sus cosas en su propia casa, es necesario añadir que el casero también lleva puestos sus calzoncillos (de barras y estrellas, características que reitera el libro). Una novela sobre toda clase de cosas a las que podemos enfrentarnos con pinceladas de humor. Cómo se hizo La guerra de los zombis se nos presenta así, como un capitulo definitorio en la vida de Joshua Levin, su protagonista.

Aleksandar Hemon, el artífice de la obra, nació en Sarajevo, como recita la parte interior del libro “en la antigua Yugoslavia”, hecho que se pronuncia más de una vez en el libro. De hecho, podría considerarse uno de los elementos centrales, pues la historia cuenta con la presencia de varios personajes bosnios. Podría barajarse la opción que en ocasiones la crítica impregne las páginas, es decir, la crítica a según que aspectos que viven los extranjeros llegados a Estados Unidos. Sin embargo, Hemon lo camufla con situaciones cotidianas, humor, y una pizca de surrealismo, lo que da lugar al torbellino que vive nuestro protagonista, el guionista Joshua Levin.

Joshua Levin es una persona normal y corriente (algo más que necesario en los libros y en las películas), puedes sentirte identificado con él en varios aspectos: en el amor, en el trabajo, en su situación familiar, en sus objetivos personales, etc. A pesar de que el laberinto de acción y emoción que debe cruzar Joshua puede presentarse un tanto lejano, la esencia del personaje es la misma en cada tramo. Esta esencia es la misma coraza que le envuelve para afrontar dichas situaciones.

El personaje de Levin se sitúa, pues, como uno de los elementos que más brillan de la novela de Hemon. Pues además de ser el protagonista, lo que ya nos hace centrarnos en él, sientes empatía hacia él, o al menos en mi caso, mucha. Es un tío original, y su trabajo también lo es: escribir guiones (o intentarlo). Y hay otras formas por las que puedes sentirte conectado con él: le encanta el cine, su familia es de lo más variopinta, y hasta sus alumnos lo son (Levin da clases de inglés para extranjeros), y su vida amorosa se tambalea por momentos.

Portada de la edición de Libros del Asteroide, con el genial diseño de Duró. Foto: Cata Miralles

El surrealismo

Entonces, el libro empieza con Levin en una cafetería, sumergido en sus borradores de guiones, todos ellos inacabados, hasta que se ve iluminado por una idea: crear un guion sobre zombis. A partir de este momento, y de manera muy original, entre capítulo y capítulo, se interponen una serie de páginas que representan un guion, con la tipografía característica y todo. Así que te encuentras sumergido en dos historias paralelas. Sin saber distinguir cuál es más surrealista.

El surrealismo es otro de los elementos a resaltar. Se trata de un surrealismos que nace de la realidad (voy a explicarme), no es el surrealismo subjetivo propio de pensamientos y reflexiones, ni propio del género de la fantasía, es un surrealismo cuyo base central, en mi opinión, son las situaciones de humor absurdo. Esta clase de surrealismo es el que impregna las páginas la novela de Hemon.

Los espacios

Todos los espacios en los que se desarrolla la historia: el taller de guiones al que asiste Joshua, la casa de su novia Kimiko, el centro donde da clases de inglés, su propio piso y hasta el lugar al que va a comer con su padre, son geniales y originales. Todos permiten crear escenarios nuevos que a su vez dan lugar a comentarios por parte de los personajes y a situaciones que desembocan en otras. No hay ningún lugar vacío, todos acaban siendo engranajes que poco a poco te permiten conocer más a Joshua y la historia que nos cuenta Hemon. Hay algunas líneas de humor negro, que aparecen en ocasiones (la historia se enmarca en los años posteriores al 11-S, de manera que aparecen comentarios sobre la guerra, sobre Irak, el gobierno, etc.), es lo único que, dependiendo del contexto, puede presentarse un tanto brusco. Quizá, porque, desde mi punto de vista, se estropeaba la atmósfera conseguida en ciertas páginas debido a algún comentario de este tipo.

«Hay que estar montado en el dólar para hacer una película» – Graham (Taller de Escritura de guion nivel 2)

Un último punto a resaltar de esta novela, es la crítica que se hace de la industria de Hollywood. Hay dos momentos, que para mí lo representan a la perfección y encarnan la crítica. Momento 1: el odio que siente Graham (uno de los asistentes que “preside” el taller de Escritura de guion nivel 2), hacia los Weinsteins, que se contrapone con la opinión de Joshua, que tampoco es que los adore. Podemos incluir estas líneas del propio Josh sobre la industria al respecto, “Había buenas razones para justificar una carrera de guionista que se basara en el arte de evitar por completo a los Weinsteins, del mismo modo que uno se podía organizar la vida sobre la base de una ausencia de absoluta de esperanza y ambición”. Esta frase para mí identifica la rabia que siente Josh por tener que sucumbir al poder de la industria, pero a la vez reconoce que sin ella, alcanzar el éxito se muestra como una meta lejana e, incluso, inalcanzable.

El momento 2: es la reunión que tiene Joshua con un “cazatalentos” llamado Billy. Durante la reunión, Joshua no lo aguanta. De hecho, se describe al personaje de Billy de tal manera que le coges rabia, se dedica a criticar al personal que trabaja en el restaurante en el que se encuentran y únicamente se luce a sí mismo, debido al poder que le concede el dinero en una industria donde la energía tiene forma de billete. Esta encarnación de la supuesta “puerta hacia el éxito”, es satírica, se trata de una persona incompetente que solo sabe comentar lo que ha conseguido mediante el dinero y lo mediocres que son los demás. Una sátira inteligente y que encaja como un pieza de puzle en el libro.

Cómo se hizo La Guerra de los zombis es una novela que a mí consiguió atraparme, por tanto es una recomendación personal, pero que creo firmemente que es una elección literaria acertada. Para los amantes del humor (con una pizca del absurdo), de las situaciones frenéticas, del cine, de las historias de amor y desamor, de las historias familiares, y de las novelas que te atrapan. Un abanico de posibilidades encuadernado. Tengo que darle la oportunidad a otras novelas de Hemon, pero esta ya se ha colado en mi retina.