El dolor y la pérdida en Midsommar

Una pesadilla de verano. Un delirio con música tradicional y sonido de gaitas de fondo. Un viaje casi psicotrópico en un campo sueco. Así definiría Midsommar, pero definir lo que me transmite esta cinta son palabras mayores. La casa de la productora A24 nos sumerge en una de sus inquietantes historias. Una oda al dolor humano.

Bienvenidos al festival

Ari Aster consigue crear un entorno idílico rodeado de una aura aterradora. Como si te adentraras en un cuadro, Midsommar te introduce en unos campos verdes que en el primer momento consiguen transmitirte paz y calma, pero que en los siguientes instantes, te abren las puertas de todo un escenario a la inversa. A través de la historia de Dani (Florence Pugh), se nos presenta el proceso del duelo, de la pérdida y del dolor que lo envuelve todo como una sombra negra, a pesar de que haga sol. Mucho sol. En un lugar en el que no anochece, la hierba siempre es verde y el cielo es de un azul intenso, se ciñe una capa de oscuridad invisible a los ojos de nuestros protagonistas.

En la situación actual que vive el mundo, en el que se nos requiere estar encerrados, quizá nos pueda crear angustia, en algunos casos más que otros. En la cinta de Aster estamos a campo abierto, no hay nubes, ni árboles que irrumpan el paisaje en el que sucede la acción, y sin embargo eres capaz de percibir esa tétrica incertidumbre que esconden los habitantes de la comuna: la desinformación que conduce a los protagonistas a una pesadilla a plena luz del día. Una incertidumbre que, en la actualidad, puede resultarnos familiar.

La aldea al completo, acogedor. Foto: Filmaffinity

Los pilares del Midsommar

Los temas que abarca Midsommar, pues, los agruparía en tres: en primer lugar, el dolor humano, físico y psicológico; la pérdida, y el consiguiente proceso que conlleva para cada persona (este es el motor que mueve a Dani a tomar la decisión de viajar junto a su pareja, Christian (Jack Reynor), y sus amigos a Suecia), y la búsqueda constante, de algo, sin saber el qué. Las personas nos pasamos la vida buscando (incluso requiriendo) un qué. De hecho, este es uno también de los motores de Dani, que, a lo largo de la historia va dejándose caer, casi a cámara lenta y sin ella ser consciente del todo, en las manos de esa gente que ahora la rodea vestida de blanco y llenándola de flores multicolores.

La misteriosa aldea con Dani (Florence Pugh), en el centro. Foto: Filmaffinity

Dani contra el dolor, una lucha aparentemente interminable

En la película hay diversas manifestaciones del dolor. Ya sea el que conlleva la pérdida mencionada, el causado por el amor y el de la incerteza, la desorientación. En este último caso, en la desorientación e incertidumbre, quiero relacionarlo con dos momentos de la película. El primero lo llamaré “perderse para encontrarse”, es el momento en la película en el que Dani, sin saber muy bien donde está participando, acaba bailando en la competición de la coronación de la Reina de Mayo del Midsommar. Durante toda esta fantástica, costumbrista e hipnótica escena, si conseguimos no sucumbir a la música que la acompaña, vemos como Dani empieza a bailar por intuición siguiendo las indicaciones que le da su compañera, entonces ella poco a poco empieza a saber que hacer en cada momento, se deja llevar (¡hasta llega a hablar sueco!). Hasta que llega el momento en el que podemos ver la felicidad en su rostro, emoción que no se manifiesta (o lo hace de manera imperceptible) en toda la cinta en el personaje de Pugh.

Una transformada Dani (Pugh), unida a sus hermanas en el dolor. Foto: Filmaffinity

En cuanto a este aspecto, debo añadir un highlight, ubicado en el final de la cinta. Se trata de la “integración” total que lleva a cabo Dani en ese nuevo ambiente en el que se encuentra. Hay un momento, un primer plano de su expresión facial, en el que sin decir nada, en su rostro podemos observar una mueca, un signo de alegría, como si al final encontrara ese lugar que había perdido: la familia.

La inocencia del adulto

El segundo momento de incertidumbre total y asfixiante, lo vinculo a una de las escenas que sigue a la del baile. Toda la comunidad se sienta a cenar (o quizá comer, pues la luz es la misma) y Christian se encuentra bajo un efecto ‘casi’ psicotrópico por una extraña bebida que ha tomado. En su estado de confusión, en el que no entiende nada: viendo a Dani presidiendo la mesa, cubierta de flores, en un trono y todo el mundo pendiente de ella, él le pregunta a un hombre qué ocurre, a lo que el hombre, como respuesta, da una palmada justo enfrente de él. Christian reacciona como un niño pequeño, encogiéndose de hombros y bajando la mirada, “¿Por qué ha hecho eso?”, le pregunta al hombre con la voz temblorosa. Para mí en esta escena, viendo a Christian actuando de esta manera, es como verlo caer por la madriguera de Alicia. No sabe donde está, ni qué ocurre, ni sabe qué hacer o cómo reaccionar.

¿De día no da tanto miedo, no?

Hay algo más que me hizo sentir la historia. Durante la estancia de los protagonistas en la comuna, dos de ellos desaparecen casi a la vez. Dani y Christian son en ese momento los únicos que quedan, pues otra pareja que también estaba con ellos desaparece el día anterior. Entonces, cuando el espectador descubre el destino de estos personajes (cuando los propios protagonistas aun no saben nada), me invade lo terrorífico que es que desaparezcan tus amigos, en un lugar que no conoces, que la gente te cuente versiones falsas de su paradero sin que tú lo sepas, que la vida continúe como si no ocurriera nada y que nadie se preocupe por ellos. Especialmente, que ni Dani ni Christian puedan hacer nada por ellos, como si hubiera una barrera transparente que les impidiera actuar.

Con todo lo que vemos y lo que no en la última cinta de Ari Aster, lo que se demuestra es que aunque todo lo bañe la luz del sol, siempre puede haber inquietud en la claridad. Lo terrorífico no lo envuelven únicamente las sombras. Eso es lo que demuestra Midsommar.

Uno de los hipnóticos carteles de la película, el placer de lo estético. Foto: Filmaffinity

Estocolmo

El otro día moví los muebles de mi habitación de sitio. He oído decir que eso da zen, que canaliza la energía de las habitaciones y de los muebles. Eso dicen. Cuando lo hacía, en mi cabeza solo pensaba que estaba matando el tiempo con algo que quería probar. Estaba bloqueada, quizá así el zen de los muebles se canalizaba a través de mí y dejaba algún resquicio en mí. La sensación que tuve sí que fue la más parecida a confinamiento, de hecho ayer por la mañana empezó a diluviar, una tormenta diurna, y sentí la necesidad de salir a la calle y dejar que cada gota cayera sobre mí, como Evey en V de Vendetta cuando sale de su celda. Fue una ilusión espontánea, he cerrado las persianas y he regresado al reino de mi habitación. Allí no llovía y la luz era artificial.

Una idea que lleva rondando por mi cabeza desde hace un par de días: cuando acabe esto, nos apetecerá salir tanto como nos imaginamos o queremos imaginar? Yo quiero pensar que sí. Este mediodía he encontrado la terraza abierta. Fuera estaba de pie mi padre, de pie, observando, mejor dicho, contemplando, la tranquilidad de la calle. Anhelo, eso es lo que he sentido. Entonces él me ha dicho “hay que valorar la vida despacio, saborearla ahora que las horas pasan lento”. Valorar el tiempo cuando lo que hacemos para llenar el día lo llamamos “matar el tiempo”. Me da gracia y lástima a la vez, porque estos días donde disponemos de todo el tiempo del mundo, literalmente, no encuentras el tiempo o la inspiración para hacer esas cosas que tanto hacía que querías hacer: leer todos los libros pendientes, ver la filmografía de alguien, aprender a tocar un instrumento, etc. Valorar el tiempo. Sin embargo, no encontramos la ocasión para muchas de estas cosas. De esta clase de listas mentales que elaboramos, también hay algo que no me cuadra: el hecho de que nos exijamos hacer estas cosas, como una obligación. Soy partidaria de que es cierto, hay cosas que debemos exigirnos para hacerlas de una vez por todas, pero hay otras, las que se basan en la vocación, en el interés y en la creatividad, que no pueden auto-exigirse.

Por eso pienso que sí, claro que querremos salir. Sin embargo, planteo una némesis para esta idea, algo que me parece curioso, al menos en mi cabeza. Y si desarrolláramos un síndrome parecido al de Estocolmo (por no decir idéntico), que no quisiéramos salir a la calle, acostumbrados a esta «reclusión» (tampoco podemos llamarlo así, tenemos bastantes libertades la verdad). Quizá esto no ocurra cuando acaben estos días, de hecho en mi caso lo noto ahora, durante los días. Cuando salgo a tirar la basura siento que estoy haciendo algo mal, la última vez que fui al súper me sentía extraña hablando con el cajero, sensaciones contradictorias en situaciones que antes ni me planteaba. Cuando hablo de que vuelvan los días normales, no quiero reducirlo solo a salir por ahí, me refiero también a la gente. Tanto tiempo sin ver a según qué personas, sin estar con ellas, me lleva a pensar, “qué extraño todo”. No pude despedirme de muchas, a otras quizá no las vea hasta el año que viene, y puede que cuando vuelva la “normalidad” deje de ver a otras. Reconozco que esta clase de pensamiento se me desarrolla a la velocidad de la luz por el hecho de estar encerrada, no es que quiera hacer apología a la negatividad. Ahora mismo todo este flujo de pensamientos se retroalimentan, rebotan como un boomerang en mi cabeza como si fuera una habitación cerrada a cal y canto.

Antes de que llegara toda esta oleada a mi cabeza, después de comer me puse una película, La Vecina De Al Lado, ya sé que parece que lo de espiar a la gente es un tema recurrente. Pero hay una escena al principio en la que los protagonistas tienen su primer contacto visual. Ella baja del coche y empieza a sonar The Killing Moon, él al otro lado del jardín sacando la basura, como una estatua. La cinta no tiene nada especial a recalcar, una película del 2004 con algunas escenas simbólicas, pero esa en concreto hizo que ver la película valiera la pena, y redescubrí una canción. Al terminar de verla, aún con los auriculares puestos empecé a bailar la canción en la cocina mientras me preparaba un té. Ahora mismo te da igual que alguien te vea por la ventana, seguro que todo el mundo tiene sus momentos de liberación espontáneos personales. The Killing Moon, valorar esos cinco minutos despacio.

Azotea

Ayer me desperté, y al abrir las persianas vi que estaba lloviendo (¡y qué frío hacía!). Pensé como esta situación me recuerda cada vez más al capítulo de la Banda del Patio en el que llueve sin parar y no pueden salir al recreo. Entonces cada día, a la hora del recreo, se quedan encerrados en el comedor, donde empiezan a delirar, enfadarse entre ellos y en general tienden a todo tipo de efectos secundarios propios del aburrimiento y de estar encerrados. De hecho llegan al punto de odiar el recreo, deseando poder quedarse en clase.

Tras pensar en esto, me fijé en una construcción que hay enfrente de mi edificio y que lleva así desde este verano o más atrás. Al llegar a casa el sábado, vi que el edificio había pasado en apenas un mes y medio de tener una planta, a tener tres. Me pregunto quién vendrá a vivir aquí, qué historias nacerán junto al edificio, … La lluvia le da otro color a la situación, si ya de por sí es un poco gris un esqueleto de cemento, que el cielo adopte el mismo color es un plus de dramatismo.

No es que hoy me haya dedicado a mirar más por la ventana de lo normal, sino que cuando observo los edificios que envuelven mi casa, me gusta imaginarme qué debe ocurrir en ellos, qué historias guardan. Especialmente ahora que cada hogar se ha transformado en un cofre lleno de historias. ¿Qué hará la gente para no aburrirse?. La noche anterior mi hermana entró en mi habitación y me dijo, “¿Te apetece salir a tomar una cerveza a la terraza?”. Antes de que acabara la frase creía que iba a decir si me apetecía salir fuera, una ilusión del momento. Así que cogimos dos cervezas y salimos fuera, a la terraza. Me sentí como en una de esas azoteas neoyorquinas viendo los pisos al otro lado de la calle, con las luces encendidas, los coches pasar de vez en cuando, y valorando lo extraño que era que el silencio lo envolviera todo. Vamos a intentar convertir esto en una rutina, a las diez de la noche salir a la terraza a tomar una birra, a celebrar lo bien que estamos a pesar de que estemos encerrados. Viendo las diferentes tonalidades que puede tener el día desde la ventana. Por eso intento imaginar qué debe hacer la gente en sus casas estos días, y vuelvo a mirar el edificio que tengo delante, ahora en construcción de manera permanente, pensando que por una parte todo es efímero, pero a la vez todo está paralizado. Pero a pesar de esta paralización latente, veo mucho movimiento, especialmente en los momentos que el día lo permite.

La azotea en la escena final de Her. Foto: Pinterest

Sin ir más lejos (aunque tampoco podría), ayer volví a salir a la calle, esta vez para ir al súper de verdad, decidida y sin ningún tipo ‘performance’ como pretexto. Fue un agradable paseo bajo las farolas y su haz de luz anaranjado que duró unos cinco minutos. Lo bonito fue que de vuelta a casa con el café que había ido a comprar, un bien de primera necesidad por supuesto, irrumpió en la calle la ola de aplausos que ahora tiene lugar cada noche. Pero no fue eso lo que me llamó la atención, ni lo que dirigió mi cabeza a través de los balcones, ventanas y terrazas, sino la melodía de “Viva la Vida” de Coldplay. Resonaba por el cruce de calles detrás de mi bloque, al final localicé la música. Salía de una de las azoteas vecinas.

Entonces que todo esté más paralizado: sí, es cierto y puede percibirse perfectamente, pero no se aplica a todo ni en todo momento. Esa canción, en ese momento, fue como escuchar un himno, una melodía que durante unos segundos nos unía a todos los que la estábamos escuchando.

Antes irme a dormir y finalizar otro día en casa, leí una publicación que llamó mi atención. Hablaba de que la canción de R.E.M, It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine), ha vuelto a entrar en las listas de Estados Unidos, alcanzando el número 64, y por lo visto continua subiendo. Es paradójico, pues en parte estos días es cierto que la vida como la conocíamos: la rutina, salir a la calle a pasear, al trabajo, y otro tipo de actividades que maldecíamos, se ha terminado. Pero a la vez estamos bien, estamos en casa, vivimos en una época en la podemos acceder a bastantes contenidos y posibilidades desde el sofá, muchos pudimos regresar a casa desde otras ciudades y poder estar con la familia, … Sigue siendo una paradoja, pero mantiene algo reconfortante. Quién sabe, puede que la semana que viene sea “Viva La Vida” la canción que vuelva a entrar en las listas, alcance el top 1 y podamos oírla desde nuestras azoteas y balcones.

Salir

Ayer salí a caminar. O lo intenté. Sé que no es lo adecuado, sin embargo, salí sola y me metí por el entresijo de callejuelas desiertas que se forman detrás del bloque de mi casa. Lo hice porque la idea de empezar a espiar a la gente como en Disturbia cada vez se me presentaba más atractiva, pero quizá es un efecto secundario del aburrimiento que pueda prolongar. Así que salí a la calle, nadie ni nada a la vista. Estaba más pendiente de vigilar si veía a alguien, con la palabra ilegal rebotando en mi cabeza, y sé que en parte con razón, que de la música que iba reproduciéndose a través de mis auriculares.

Antes de salir de casa estaba súper decidida poniéndome el abrigo, cuando mis padres me dicen “si te paran dices que vas al súper, coge dinero por si acaso”. Como al actuar en una obra de teatro, debía prepararme mis frases. Salgo a la calle, y, antes de que alguien pudiera pararme por mi infracción de salir al exterior sin perro y sin la intención de ir a comprar bienes de primera necesidad (suena como una película sobre el Armagedón) yo ya me estaba dirigiendo, inquieta, hacia el supermercado más cercano a mi casa, sin la intención de comprar nada, tal era el grado de mi implicación. Sentía como si me estuviera justificando ante ojos y miradas invisibles. Cada persona que me encontraba notaba que me miraba inquisitivamente, como si fuera a llamar en cualquier momento a algún tipo de autoridad futurista y peligrosa, como el DUP en Infamous. Me sentía fuera de lugar. La escena me recordaba a La Purga, sin tanto terror, pero con las calles vacías y encontrándote a una persona (con perro) cada tres minutos, la sensación es que salir a la calle es un riesgo, un riesgo por el que puedes acabar mal. Mi intención era salir a caminar por el paseo que envuelve el torrente que hay enfrente de mi casa, pero tal era mi paranoia, que consideré que era un lugar demasiado expuesto, de tal manera que me dirigí hacia las calles que formaban un pequeño laberinto y escondite perfecto detrás de casa. Al llevar un par de minutos en “el exterior” decidí arriesgarme y salir por una de las callejuelas a otra más ancha: una avenida. Cuando iba a realizar tal movimiento, giré la cabeza hacia la izquierda y lo vi, un coche de policía con cuatro agentes de pie a su lado. El modo de juego pasó a ‘modo fugitivo’, di media vuelta y volví hacia las callecitas que me abrazaban con sus tiendas cerradas, sus balcones y sus coches aparcados indefinidamente. Así que decidí continuar mi trayecto por una calle que literalmente recorría la espalda de mi edificio, cualquier persona que me viera pensaría que estaría desubicada, dando vueltas constantemente por las mismas calles. Entonces le di la vuelta al edificio bajo todas esas miradas que podía imaginarme desde ventanas y balcones y regresé a la entrada. Eso sí, con ese toque dramático de mirar a tu espalda repetidamente mientras llamaba al interfono. La luz roja que indica que la puerta estaba abierta me recibió y volví a casa. La adrenalina que tenía en el cuerpo era extraña, no era de euforia, sino más bien de cuando rompes algo y escondes la prueba del crimen. Sentía que había intentado hacer algo en vano.

Mañana puede que lo vuelva a intentar, quizá cuando sea de noche, puede que entonces consiga pasar más desapercibida.

Hello again, friend of a friend

Conocéis esa sensación de que en un día vives muchas cosas, u ocurren varias. Puede ser que seas partícipe u observador. Sin embargo, ocurren, las sientes, como salir una noche y que pasen mil cosas distintas, tantas, que a la mañana siguiente le preguntas a alguien: “Oye, ¿ayer pasó esto y lo otro?”. Es como hacer un puzzle, vas cogiendo piezas y empiezas a juntarlas, parecido a una deducción. Pero en el momento en el que estaban ocurriendo, en este caso, durante la noche, tú simplemente las vivías, dejabas que te traspasaran, las sentías sin cuestionarte nada, todo era bueno y estaba bien. Luego dices, “me alegro de haber salido esta noche, pasaron tantas cosas”. Al final lo que nos forma son las historias, y las memorias, los recuerdos que tenemos de ellas. Pues esta sensación de incertidumbre, de no saber exactamente qué estaba ocurriendo, qué estaba viendo, la estuve viviendo al visualizar, por primera vez, Scott Pilgrim Contra El Mundo.  

La estética de la película me atrapó, el uso de los colores, de los recursos propios del cómic y de los videojuegos. Todo en su conjunto resultó en un viaje pop a la historia de amor (porque es el amor el que controla la historia) que vive Scott Pilgrim con Ramona Flowers. “Luchar por lo que quieres”, podría ser una de las reflexiones que se saquen de la película, sinceramente no sé si del todo acertada, pero el enfrentamiento de Scott a los siete ex-novios (los cuales tienen superpoderes) de Ramona, es el pilar central donde se construye tan magnífica historia. Quizá me impactó tanto porque el único contacto que había tenido con el personaje de Bryan Lee O’Malley era de vista, había visto alguna vez el dibujo de Scott Pilgrim. Pero ese domingo de febrero en el que decidí ver la película, fue increíble. Leyendo sobre la película, otras opiniones y comentarios, varios coinciden a mencionar lo acertada que es la estética y la ambientación de la cinta. Y es que sin ir más lejos, si la película no estuviera hecha como lo está (gracias Edgar Wright por arriesgarte y haber creado tal cosa) perdería la gracia, y lo más importante, su relación con su origen: una novela gráfica. En total, un conjunto de seis volúmenes, y la película se basa en los cinco primeros.

Viñeta del Vol. 1, Scott Pilgrim: su vida y sus cosas. Foto: Blog de Superhéroes

La compenetración de los personajes es vital, los cuáles parecen salidos de la serie Galactik Football. Es tan fascinante el universo que se crea, todo está bien, te transmite una sensación de perfección, como si cada cosa estuviera en su lugar. No hay nada a cambiar. Mary Elizabeth Winstead (Calle Cloverfield 10, Sky High) se presenta, en mi opinión, como el mejor personaje, junto a Envy Adams (una metal Brie Larson). Sobre el personaje de Winstead, Ramona Flowers, lo definiría como esa persona cuyo carácter no llegas a entender del todo, sin embargo, le acabas conociendo y sí entiendes sus motivaciones, aunque no se cuente mucho sobre ella. Se cambia el pelo cada semana (rosa, azul y verde son los que vemos en la cinta), se desplaza con patines y trabaja como mensajera. Sin palabras, así es como se queda Scott Pilgrim al conocerla. Ramona me recuerda en algunos aspectos, a Summer de 500 Días Juntos. Posee ese aire impredecible, inalcanzable, cuyo palacio mental parece indescifrable. 

Scott y Ramona, soporte mútuo. Foto: Filmaffinity

Envy Adams es el personaje de Brie Larson, que, a pesar de contar con escenas contadas, marca totalmente la cinta. Es la ex-novia de Scott, que trata de superar y que además es una estrella del rock. Hay una única escena en la que la vemos actuar, en la cual su banda toca “Black Sheep”, canción hecha para la película por el grupo Metric, y ella pone la vocal: una fantasía. Toda esa escena tiene vida propia. Hay un intercambio de miradas entre Scott y Envy, entre el bajista y Scott, y entre Ramona y el bajista, cada uno con sus intenciones, y sin mediar palabra, se establece durante la actuación un conflicto de intereses, unos significados y celos que pueden percibirse a la perfección. 

La música que circula a lo largo de la cinta es mágica, acorde a las situaciones (el inicio de “Black Sheep”: Hello again, friend of a friend, es como si Envy hablara directamente con Scott), al estilo de los personajes, de la ciudad de Toronto, que parece una mezcla entre Tokio y Toronto, como hicieron en Big Hero 6 con San Francisco y la capital japonesa (San Fransokyo). Acompaña todo y le otorga un aire personalizado a cada situación. Como mencionaba, la estética es lo que la hace única, y junto a los personajes y su estilo, la música, el guión y los lugares, se crea un escenario idílico, metropolitano y futurista. Dos horas de film que no notas, y que en mi caso supuso una inmersión completa. Un reparto de actores geniales, muchos de los cuáles en ese momento hacían despegar su carrera, se adentraban en esta pieza de ficción y romance: Mary Elizabeth Winstead, Anna Kendrick, Brie Larson, Chris Evans, Brandon Routh (nunca se sabe cuando volveremos a ver a Superman tocando el bajo) o Johnny Simons. 

Por último, una vez más lo presenciamos en esta historia, a pesar de los puñetazos, el punk, los superpoderes, el veganismo o las mechas azules, todo gira alrededor del amor. Un amor inexplicable y a la vez sincero, que en sincronía con todo lo demás, convierten esta historia, en algo único. Para mí, ver Scott Pilgrim Contra El Mundo, fue una revelación. En google, en la ficha que aparece de la película sale el presupuesto que tuvo y lo que recaudó aquí. No llegó a superar el presupuesto de 85 millones que supuso (recaudó 48 millones en España), pero a un 91% de los usuarios les gustó la película, y eso suma mucho más a lo largo del tiempo.

El teatre que pertany al carrer (i als bars)

Carrer Blanquerna. Palma de Mallorca.

La setzena edició del Teatre Barra comença al número 49 del carrer que ja ha acollit moltes de les obres en nombroses ocasions: el carrer de Blanquerna.

La primera parada del nostre recorregut s’inicia al bar Bon Bon. On estem a punt de veure el que és un ‘remake’ a la mallorquina de la sèrie The Big Bang Theory. Els actors que encapçalen el cartell de la obra (amb el mateix nom de la sèrie) imiten el programa, concretament els papers de Sheldon i de Penny. El diàleg que mantenen és original i els riures es converteixen en part de la obra. Però la sensació transmesa ha estat més la d’una recreació en directe, que la de una obra original. A mesura que avança es converteix en una obra que ha begut directament de la font de les sitcoms, amb tot el que les caracteritza, incloses les rialles que sonen de fons i que sembla que indiquen als espectadors quan han de riure o en el cas contrari, quan sentir-se tristos. Na Carme Serna i en Josep Mercadal condueixen tota l’obra i en fan seu el ‘Cheesecake’, encara que la obra sembli més una ombra de la sèrie americana, no eclipsa les actuacions dels actors, encarnant la icònica parella incompatible.

Sortim del bar, i amb el grup de gent que ens acompanya cap a la següent aturada (el bar In Cafè), ja ens trobem un enorme grup de gent esperant, i gràcies a Déu de tota aquesta gent, doncs no seria gràcies a la gran quantitat de persones que un dijous entre setmana decideix pagar els espectacles i gaudir d’un vespre de teatre atípic, emmarcat fora de les convencions, perseguint l’humor i la caricatura de la cultura pop que envolta la nostra època i la perfuma dia a dia, i de la que bevem sense adonar-nos. I són aquestes coses les que rompen la rutina, com decidir dinar fora el mateix dia sense previ avís o en meitat d’una playlist de rock escoltar el darrer tema de la Bad Gyal (o a la inversa). Fer coses noves i descobrir-ne d’altres dona vida. I el teatre està morint i està en les nostres mans reanimar-lo, la maniobra de Heimlich la fem nosaltres assistint als espectacles. I revivim una llengua: el català, que s’està quedant sense oxigen, ofegant-se en crítiques sense un sentit ni objectiu concret. La cultura no hauria d’enfrontar a uns amb altres, ni debatre’s a cap banda (en tot cas al carrer d’on tots en participem).

Mentrestant la nit al carrer Blanquerna és tranquil·la i agradable, la pàl·lida llum de les faroles enlluerna pobrament les façanes dels edificis, que s’han d’esforçar per mostrar la seva bellesa real. L’ambient no és cap tipus de soroll molest com el que caracteritza, en algunes ocasions, l’encomiat que fa un grup d’amics en meitat del carrer en sortir d’un restaurant, és un ambient de celebració, celebrem el teatre. Un carrer de vianants es converteix en el millor escenari possible per acollir algunes ànimes aficionades a la interpretació. Llevat de les entrades dels bars poblades de gent, les que estan tancades o amb el llum apagat, ofereixen una ombrívola visió, dos espais totalment diferents, un devora l’altra.

Entre canyes de cervesa Damm, Roses Blanques, pinxos de truita, xivarri i riure, entrem al següent espectacle: “Fleabag, anatomia d’un spoiler”. “Asseieu-vos als costats per veure-ho millor” ens diu l’encarregat tot just entrar. L’espiral de riure en la que entrem és difícil d’explicar, com el diàleg que mantenen els dos personatges encarnats per una espectacular Anna Berenguer i un inigualable Rodó Gener (aka Joan Ne). El surrealisme present en cada una de les frases, i el constant trencament de la quarta paret que caracteritza la obra ha fet que no poguéssim dirigir els ulls a cap altra banda que no fossin els actors (o a les canyes i pa amb olis que volen pel local).

Interior viu de l’In Cafè. Foto: Cata Miralles

Després de vint minuts d’intensa representació, em sento com sortida d’un combat. Tants de cops en diferents sentits et deixen descomposta, però és una sensació bona, la d’haver experimentat emocions diverses en tan pocs minuts et fa valorar realment el que són les interpretacions, les identificacions de cada un amb els personatges i l’humor en directe. Sense efectes ni filtres. Les taules queden humides per les cerveses que han suportat durant la obra, com si estiguessin suades, quasi com la parella d’actors quan es retira.

Llavors, entrant al Clàssic, bar que fa cap de cantó al mateix carrer, ens traslladem al Londres del segle XVIII per moments, es presenta com un híbrid del segle XVIII i de l’actual, i presencien la que és probablement la situació més improbable que es podria donar entre el Dr. Watson i la Irene Adler. Com sempre en les representacions més recents, llevat d’algunes com la del 2009 de Guy Ritchie, o la sèrie del 2010 de la BBC, el personatge de John Watson sempre ha carregat l’etiqueta de l’humor i del ridícul. Una versió, des del meu punt de vista, poc fidel a la original.

Carrer Blanquerna des de l’interior del Clàssic. Foto: Cata Miralles

En la obra “Sherlock”, l’humor s’encarrega d’ocupar el bar, el millor escollit per l’ocasió (un bar amb la barra, les taules i les cadires de fusta, fet que atorga un aire més refinat i britànic al local), i la bona estona queda assegurada amb unes actuacions fantàstiques per part de la parella protagonista: Joan Manel Vadell en el paper del britànic Watson i Laura Andújar en el d’Irene Adler, també coneguda com ‘La Mujer’, la única dona capaç de superar al detectiu consultor Sherlock Holmes (i ho demostra una vegada més). Mentre contemplem el desenvolupament dels fets, les mans fredes del públic aguanten els tassons encara més freds. I encara que la situació sigui tan freda com els cadàvers que amaga Adler, el riure omple l’escenari – i la barra.

Interior del Clàssic. La gent aprofita els minuts previs a l’inici de la obra per apropar-se a la barra. Foto: Cata Miralles

La darrera representació (del nostre recorregut nocturn), és la de Bar Mirror, al bar La Reserva. I el títol no podria encertar millor, doncs ens tornem a trobar amb una situació semblant a la primera. Una lliure adaptació amb pinzellades illenques del primer capítol de la segona temporada de Black Mirror: “I’ll be right back”. Una versió crítica amb els temps que corren i illenca domina el guió i la direcció de la obra, repartida entre el matrimoni de Mertxe (Maria Rosselló) i Paco (Pedro Orell). La senya mallorquina és un dels elements claus en la representació, que fa que es converteixi en un mirall on veure’ns reflectits: el nostre accent, els restaurants (Es Cruce de Vilafranca), les expressions,… Tot es converteix en una experiència semblant a la que sentim quan en un concert de versions fora de casa en sona una de Tomeu Penya, d’Anegats o d’Antònia Font. I com diria Antònia Font, me sobren paraules però no tenc res (més) a dir.

Gràcies per aquesta 16a Edició de Teatre de Barra, i per fer de Palma una ciutat plena de cultura, teatre i literatura.

El faro de Prometeo

Recientemente fui al cine a ver El Faro. En el centro de esa vorágine de locura no logré descifrar un mensaje completo, sin embargo, a raíz de dos escenas (especialmente dos de las últimas escenas), vi lo que parecía una interpretación libre del mito de Prometeo. Puede que sea una olla mía, pero voy a explicarme.

Para empezar, el faro representa el fuego arrebatado a los humanos, tan inalcanzable por los mortales y custodiado por Zeus (en la película, el veterano farero Thomas Wake, encarnado por Willem Dafoe, cuyo personaje comparte similitudes con el dios griego). Pattinson es el compasivo titán Prometeo. Aviso que a continuación pueden aparecer spoilers, más que «puede», seguro que hay.  

Cuando Winslow (Pattinson) aparece en la última escena siendo comido por las gaviotas, te enfocan dos partes del cuerpo: primero los ojos, donde ya no hay ojos, sino bultos hinchados, y en segundo lugar, la parte del abdomen. Estos dos planos pueden ser de todo menos gratuitos. Enfocar la parte del abdomen representa el castigo que impuso Zeus a Prometeo al robar el fuego del Olimpo (representado por el faro) para dárselo a los humanos en un acto de compasión. El castigo consistió en que por la noche un águila le devoraría el hígado y por la mañana volvería a crecerle, para que al caer la noche volviera el águila a comérselo. Un castigo eterno. El motivo del castigo: haber robado el “fuego”, lo que se representa con la intrusión de Winslow en la torre del faro, a pesar de las prohibiciones de Wake.

Además, lo que hace creer que Winslow es más humano en cuanto a emociones que Wake son las tentaciones que tiene, las fantasías sexuales que experimenta en la isla del faro y las cosas que le enfurecen a lo largo de su estancia. Ese acercamiento al ser humano también explica la necesidad que siente de enfrentarse a Zeus, de “devolver el fuego a la humanidad”, que puede referirse a que, además de querer acceder a la linterna del faro, querer vengar al anterior guarda que ocupaba su puesto antes de su llegada. Quiere vengarle por el sufrimiento y la locura a la que Wake le sometió, y a la que está sometiéndole a él ahora. 

A diferencia del mito griego, en la película Prometeo “mata” a Zeus. Pero en consecuencia, elimina toda barrera que quedaba para entrar en el faro (el fuego), lo que acaba matándolo a él pues supone el clímax de su locura. Las gaviotas le comen los ojos y el abdomen, lo que supone el castigo de Zeus.

En una de las escenas previas al final, Winslow consigue llegar una noche hasta el piso más alto del faro. Allí arriba se encuentra con una persona, que, al darle la vuelta, descubre que es él mismo. Tras darse cuenta de esto, sin entender nada se da la vuelta y contempla como detrás suyo está Wake, de pie, desnudo, cogiéndole con un brazo y de cuyos ojos salen dos rayos de luz, comparables a los de una linterna de un faro. Desde mi punto de vista se refiere a que esta es la ocasión en la que Zeus ya conoce las intenciones de Prometeo y su debilidad por los humanos, por lo que sabe que debe tenerlo controlado. Además que a Prometeo, según la mitología, le gustaba provocar a Zeus y enfurecerle. 

Finalmente, cuando llega a la linterna, al fuego, Winslow acaba siendo preso de su locura y muere, condenado a un final que, sin saberlo, no tenía porqué depender de la presencia o la ausencia de Zeus. O quizá todo sea consecuencia del mal fario que trae la isla.

Arréglame, capullo

La vida es como un edificio, vamos creciendo y vamos acumulando pisos bajo nosotros, cada vez estamos más arriba, incluso a veces podemos notar el vértigo al echar la vista hacia abajo. Todo lo que vivimos se convierte en pilares, nuestras experiencias nos sustentan, nos forman y nos dan estabilidad o inestabilidad. Hay muchísimas vidas, todas distintas, como ocurre con los edificios. Cada una construida de una forma, siguiendo un estilo u otro. Y como en la vida real, a veces nos demolemos, o nos demuelen, que puede ser peor. 

Desde que la vi por primera vez Demolición (2015) se ha convertido en una película muy especial para mí. Cuando vuelvo a ella, no puedo evitar analizarlo todo, valorar cada secuencia. Y sobretodo, adorar a los personajes. Querer actuar como el protagonista en situaciones cotidianas, saltarme los protocolos que nos hemos impuesto a nosotros mismos. He dejado el texto sin justificar como gesto hacia ambos personajes y su forma de “desobediencia”. Es broma. La verdad es que me gusta más sin justificar, las justificaciones parecen querer significar una disculpa. 

El fin de semana pasado volví a verla y me decidí a realizar un breve análisis (muy) mío. Centrándome en los dos personajes principales, en algunas de las secuencias y en las metáforas que se esconden tras ellas. He intentado plasmar lo que tenía en la cabeza, que siempre parece estar más ordenado allí dentro que cuando lo escupo al papel. Siempre me ocurre lo mismo, cuando lo pienso, lo veo todo más bonito. Así que bueno, si es un lío, interpretadlo que es un poco así como entrar en mi cabeza. 

Davis Mitchell: To Be Alone With You

Primera escena de la película de Jean-Marc Vallée. La pareja protagonista conduce por Nueva York. Vemos el interior del coche, vemos el peinado de Davis (Jake Gyllenhaal), el traje que lleva puesto, vemos cómo va vestida su mujer Julia (Judah Lewis) y de fondo escuchamos música clásica. Todo compone una escena que nos presenta una pareja acomodada, que lo tiene todo, o eso parece. Sin embargo la siguiente escena, después de una conversación en la que hablan de arreglar su nevera, sufren un accidente. El título de este artículo es el texto que le escribió ella en un post-it en el interior de la nevera, irónico que lo lea después de perderla. Quizá deba arreglarse primero a él mismo para poder arreglar otras cosas luego.

Despertamos junto a Davis en el hospital, su mujer ha fallecido. Aquí ya podemos observar el carácter que guía al protagonista, marcada por un rasgo: su capacidad para abstraerse. Entonces sucede el desencadenante de la película, Davis se dirige a la máquina expendedora que hay en el pasillo, teclea el número de los m&m’s, y el paquete se queda enganchado (todos hemos vivido tal drama). Lo primero que hace al ver esto es dirigirse al recepcionista, que le responde que no es asunto suyo, que las máquinas pertenecen a una empresa de vending. Aquí podríamos abrir un debate sobre la capacidad que tenemos las personas para limpiarnos las manos de asuntos ajenos. Nuestro querido Davis entonces fotografía la placa en la que aparece el número de atención al cliente y el nombre de la empresa. 

Durante el funeral de su mujer, él se refugia en el despacho de su suegro y escribe la primera carta (de una larga serie) a la oficina de atención al cliente Champion, la empresa de las máquinas expendedoras. El texto que plasma en esas hojas de despacho, que nos narra la voz en off del personaje, se encarga de una enorme tarea narrativa, nos cuenta la historia de Davis y Julia. Davis lo escribe todo, con sinceridad y sin esperar que le respondan. Él no tiene nada que perder, y en mi opinión, cuando las personas hacen cosas que realmente les salen de dentro es cuando no tienen nada que perder. 

Davis continúa yendo a su trabajo con normalidad, en uno de esos rascacielos de Nueva York llenos de oficinas. No lleva a cabo ningún duelo, aún no ha llorado la pérdida de su mujer. Sigue actuando con normalidad, como si nada hubiera chocado contra su vida. Pero podemos ver cómo su carácter va cambiando, va deshaciéndose hacia uno mucho más sencillo (o puede que más complejo para aquellos que conocían al antiguo Davis). Como si el verdadero Davis se encontrara sumergido bajo el agua y sacara la cabeza para coger aire (y quizá desmontar alguna que otra puerta del baño). 

Hasta aquí la primera parte de este análisis, más filosófico que otra cosa. En la película, en esta “primera parte” se nos presentan 4/6 personajes principales. Conocemos el carácter de Davis y el desencadenante de la historia, empieza a desmontar todo aquello que no comprende o que no funciona, a abstraerse con más frecuencia que antes del accidente y a ser sincero de verdad. 

Me parece ideal profundizar en la metáfora que interpreto tras la necesidad de Davis de querer desmontarlo todo, especialmente lo que está estropeado. Imaginad que las cosas que no entendemos o que vemos que no funcionan, pudiéramos desmontarlas para luego volver a montarlas y comprobar si podemos hacerlo mejor. Sería la fantasía de mucha gente, podría incluso patentarse. Lo que hace que las cosas que hacemos sean maravillosas y únicas, es que se hacen una vez ya está, no hay vuelta atrás. En ocasiones pueden causar dolor y ser tristes, pero eso es lo que hace que los actos que hacemos sean tan importantes. Davis empieza por desmontar por completo la nevera, aunque no vuelve a arreglarla, supongo que a veces no vale la pena hacerlo, como en la vida, es mejor dejar las cosas como están. Esta demolición se aplica y todo al matrimonio del protagonista. Quizás de una manera más impactante, hasta que el matrimonio no se deshace, Davis es incapaz de reconocer que no quería a su mujer. A veces tenemos que desmontarnos cual mueble de Ikea para entendernos mejor a nosotros mismos. 

Otra situación que nos presenta la cinta y que resulta genial es la reflexión que tiene el protagonista cuando va al aeropuerto a acompañar a sus padres. Cuando se ve envuelto entre el vaivén de maletas y pasajeros y piensa “quiero saber que necesita una persona para estar durante cuatro días en Búfalo”, “quiero coger ese montón de cosas y hacer una pila”. Realmente, qué necesitamos las personas en la vida? Lo que me gusta de la primera afirmación es llegar a plantearse eso, qué es lo que necesitamos meter en una mochila cuando nos vamos de casa?

Karen Moreno: Let Me Go Crazy On You

Karen es la persona que responde las cartas de Davis. Realiza su primera aparición sin que la veamos, lo hace a través de una llamada telefónica en la que ya me encandila su carácter. Su siguiente aparición, mejora enormemente la primera. Nos regala una de las mejores secuencias, en la que el protagonista se encuentra en una cafetería hablando por teléfono con la misteriosa Karen. Ella le confiesa que ha estado unos minutos en el restaurante, que ha puesto una canción en la gramola (Crazy on You de Heart es un personaje más). Para acabar de ser más entrañable, añade “tengo esta bonita imagen de usted sentado cerca de la ventana comiendo tortitas, quizá es así como debe ser, sabe?” son las últimas palabras que dice antes de encender las luces de su Corolla y marcharse. 

Que el personaje se presente así, primero únicamente con la voz y luego con apariciones fugaces, me parece una manera genial de introducirlo, pues toda esta forma de actuar forma parte de su actitud, que a pesar de querer mantener la profesionalidad, quiere acercarse al protagonista. Naomi Watts se muestra libre, inocente. Ambos vuelven a ser niños por momentos cuando se juntan. Veo pinceladas de lo que supone hacerse mayor, afrontar la vida adulta y tomar decisiones que marcan. Como si ambos se hubieran visto obligados a crecer en el momento equivocado. Por eso, que en la primera conversación ella se ponga triste al poner Crazy On You y decida irse, me recuerda a la timidez de los niños. Ella se marcha porque no se ve capaz, en ese momento, de afrontar la situación. La letra de la letra se puede entender sola en esta secuencia. 

Més a prop dels divuit que dels disset

Sánchez Arévalo sempre aconsegueix emocionar-me. No sé si és perquè em recorda a la meva germana. Ella em va ensenyar la primera pel·lícula que vaig veure del director, Primos (2011). Amb aquesta pel·lícula vaig flipar i vaig disfrutar molt. I la meva germana i jo sempre coincidim en dir que el que més ens agrada és l’atmosfera que crea, una atmosfera de casa. 

L’altre dia vaig decidir veure Diecisiete, la recent pel·lícula que ha dirigit Arévalo sota la carpa de Netflix. Vaig ignorar l’etiqueta que deixava llegir  “lacrimògena”, ja ho vaig comprovar jo més tard. La història segueix els peus d’Héctor, un noi problemàtic que fa tot el possible per trobar el seu gos i acompanyar la seva padrina al seu poble, per fer-ho compta amb l’ajuda del seu germà gran, amb qui la relació no és del tot ideal. 

En els dies en què es trobem, emmarcats pel Whatsapp, els àudios i de les xarxes en general, veure dos germans, la seva padrina i un gos amb tres potes recorrent la costa càntabra amb una caravana et dona una mica d’enveja. Perquè encara que ells des de l’interior del viatge sembli que no arriben a apreciar, és una situació preciosa. Aquest és un punt que m’agrada bastant, el fet de poder veure una cosa que els personatges no contemplen fins al final. En aquest cas, la bellesa de la vida, del que estan vivint i de la familia. 

El caràcter del personatge principal, Héctor, encarnat per Biel Montoro, em recorda al protagonista de 15 años y un día (2013). El que trobo que tenen en comú és el caràcter rebel que marca cada una de les seves accions, fins i tot la manera com parlen. Vaig veure la cinta de Querejeta quan tenia 14 o 15 anys i la veritat és que no vaig entendre el missatge que amagava. Ara veig Diecisiete i arribo tard en edat, però puc entendre-ho tot perfectament. 

El film es manté en l’estela pròpia de Daniel Sánchez Arévalo, en l’estil que el marca i que ja havíem presenciat en pel·lícules com la mencionada Primos (2011) o La gran familia española (2013). Els elements que introdueix no perden l’essència que sempre vol aconseguir, la familiaritat, la casa que trobem en les persones i l’encant de les coses que no canvien, a les que sempre hi podem tornar. I molt de color verd, camp i poble. Trobant-me enfora de casa, cintes com aquesta m’hi retornen per moments. Em fan plorar i em reconforten. Em recorden als meus germans i a situacions familiars que duc vivint d’ençà que tinc memòria i que enyoro quan no hi sóc. Però el que és irònic és que quan ho podia viure, a vegades tractava d’evitar-ho o no apreciava del tot. Ara que no ho tinc ho trobo a faltar.

Les sabates que acompanyen a Héctor durant el viatge.

Una vida en seis días

Sobre Ojo de Halcón 1 (Seis días en la vida de…): opinión y reflexión

La mañana del día de mi cumpleaños fui a comprar helado para el mediodía. Al entrar en la tienda, un opencor de esos que abren 24h., me fijé en un expositor de Panini. Allí me dediqué un rato a ojear los diferentes tomos, y dos llamaron especialmente mi atención: “Born Again” de Daredevil, y “Seis días en la vida de… «, el primer número de una colección de Ojo de Halcón (100% Marvel anunciaba su cubierta). Decidí que uno de los dos iba a llevármelo a casa, pero el primero se escapaba de mi presupuesto en ese momento, qué curioso eh? Que un cómic sea caro. Total que me decliné por el segundo, que dentro de lo que cabe era más asequible. Puedo decir que ha sido una de las mejores elecciones que he hecho en la compra de un cómic. Además, a través de este inicio de colección he podido conocer los nombres de Javier Pulido, Matt Fraction y David Aja, autores del cómic.

Lo que pasa es que muchos años antes ya había visto algo sobre el cómic que ahora llevaba en mis manos. Me dieron un tomo grapado, esos que básicamente cumplen la función de promoción. Me lo dieron en la tienda de cómics a la que siempre voy en mi ciudad. El breve tomo contenía las primeras páginas del primer número, el inicio de la historia. Sin embargo, el grapas se lo regalé a un amigo sin yo llegar a leerlo.

Lo gracioso es que el tomo entero, el que me compré hace un par de meses, me lo leí en tres días. Seis días en tres. Y me quedé flipando. Para empezar, y lo primero en lo que te fijas al hojear un cómic, el dibujo y el color. Unas viñetas que, al menos en mi caso, disfruté con cada detalle, con un estilo divertido. Los trazos de las siluetas, las líneas gruesas, eso le da un aspecto mucho más “cómic”. Me explico, desde mi punto de vista no daba la impresión de una imagen seria y sombría, como es el caso de algunas adaptaciones que se han he hecho de otras historias. Por ejemplo en el guión, las conversaciones son fuertes, pero siempre hay un punto de broma que caracteriza al personaje principal (Clint Barton)y su forma de afrontar las situaciones.

El hecho que, de manera improvisada empezara a leer un cómic que acabó gustándome en cuanto a ilustración, estilo y guión, fue genial. Lo digo porque en mi caso, otras ocasiones había perseguido durante mucho tiempo alguna novela gráfica, como el caso que os quería contar con»From Hell». Estuve bastante tiempo ahorrando para comprarme el libro, me llamaba muchísimo la atención, ya no por los autores, Alan Moore y Eddie Campbell, sino por la historia: Jack el Destripador. Sin embargo, a pesar de que la ilustración fuera impactante a cada página, tuve que dejarlo de lado debido a la dureza y a la pesadez de la trama, se me hizo imposible continuar, no estaba disfrutando. Todo esto desde mi punto de vista. Por tanto, que lo contrario me ocurriera con un tomo que encontré por coincidencia, y que estuviera protagonizado por un personaje que nunca me había llamado la atención, me sorprendió hasta a mí misma

Entonces empecé a leerlo, y puedo decir que por fin he sentido cierto cariño hacia el personaje de Ojo de Halcón, después de verlo aparecer tantas veces en el cine, me ha caído mejor el personaje en papel que el de carne y hueso (quizá por la poca afinidad que le tengo a Jeremy Renner, ‘ala’ ya lo he dicho).

Iba a volver a hablar de las viñetas, pero voy a parar de usar este vocabulario porque no se me da muy bien la verdad, y además ya se me estaba agotando el diccionario de recursos artísticos. Ahora me toca seguir con la serie de tomos y ver si el segundo me provoca las mismas sensaciones o incluso mejores, así que voy a intentar no pensar en la frase de “segundas partes…”. Sinceramente, me alegro de aquel día que, de manera improvisada lo descubrí, aunque eso implicara dejar de lado “Born Again” para otra ocasión. La industria del cómic es lo que tiene, que no es nada asequible, sobretodo si quieres comprar más de uno el mismo día. Entonces ya entramos en un juego de preferencias. Echadle un ojo si podéis, el chiste se cuenta solo.