El mal vive en el bosque… o eso dicen

Bellaterra. 9 de octubre.

Si el mal vive en el bosque, ver esta película al lado de uno resulta “valor añadido”, como dirían en Súper 8. Los bosques siempre han sido lugares con carácter místico, como si fueran capaces de hablarnos, sin nosotros saber qué llega a esconderse en ellos. Pues bien, si a esto añadimos una familia desterrada, en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, con la fe católica como único sustento, y un bosque considerado el hogar del mal, no hace falta decir que la mala vibra está servida. Y es que al final lo que más miedo da no es lo que pueda vivir en el bosque, sino las personas y cómo somos capaces de hacernos daño entre nosotras, como de fácil es manipularnos. Eso es lo que más terror da: las personas en estado de pánico.

Esto le ocurre a Thomasin, hija mayor de la familia protagonista de este cuento cargado de folklore, y que recrea el terror a lo desconocido y a lo incontrolable característico de aquella época. Es esta atmósfera cargada de esoterismo la que contribuye a dejarnos llevar por las relaciones familiares y los augurios que envuelven su nuevo hogar.

Cartel de la película. Fuente: Castle Rock Asylum

Los componentes clave en la película, en mi opinión, y que son los que más erizan la piel son aquellos elementos salidos directamente de la oscuridad (o del infierno), que envuelven la acción como papel de regalo. Durante la cinta somos testigos de la desaparición de un bebé, del extraño comportamiento de una cabra, alucinaciones, o del exorcismo de un niño. Situaciones que se te van poniendo por delante, y que llegan a un punto en el que ya no te incomodan, las ves como partes esenciales, porque sabes hacia donde quiere llevarte la historia. Lo que queda al final es la paranoia conjunta, el surrealismo acompañado de la desconfianza de unos y otros, y eso es lo que duele. Mucho más que la cornada de una cabra, literalmente.

El film de Robert Eggers, consigue recuperar la fe en el cine de terror. Aquel que te hace contener la respiración. Se separa de las recientes cintas en las que los recursos esenciales son la sangre y los sustos constantes, para parecerse a otras de carácter más psicológico, de un terror que cada vez parece encontrarse en peligro de extinción, con cintas como Babadook o Madre!.

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