El faro de Prometeo

Recientemente fui al cine a ver El Faro. En el centro de esa vorágine de locura no logré descifrar un mensaje completo, sin embargo, a raíz de dos escenas (especialmente dos de las últimas escenas), vi lo que parecía una interpretación libre del mito de Prometeo. Puede que sea una olla mía, pero voy a explicarme.

Para empezar, el faro representa el fuego arrebatado a los humanos, tan inalcanzable por los mortales y custodiado por Zeus (en la película, el veterano farero Thomas Wake, encarnado por Willem Dafoe, cuyo personaje comparte similitudes con el dios griego). Pattinson es el compasivo titán Prometeo. Aviso que a continuación pueden aparecer spoilers, más que «puede», seguro que hay.  

Cuando Winslow (Pattinson) aparece en la última escena siendo comido por las gaviotas, te enfocan dos partes del cuerpo: primero los ojos, donde ya no hay ojos, sino bultos hinchados, y en segundo lugar, la parte del abdomen. Estos dos planos pueden ser de todo menos gratuitos. Enfocar la parte del abdomen representa el castigo que impuso Zeus a Prometeo al robar el fuego del Olimpo (representado por el faro) para dárselo a los humanos en un acto de compasión. El castigo consistió en que por la noche un águila le devoraría el hígado y por la mañana volvería a crecerle, para que al caer la noche volviera el águila a comérselo. Un castigo eterno. El motivo del castigo: haber robado el “fuego”, lo que se representa con la intrusión de Winslow en la torre del faro, a pesar de las prohibiciones de Wake.

Además, lo que hace creer que Winslow es más humano en cuanto a emociones que Wake son las tentaciones que tiene, las fantasías sexuales que experimenta en la isla del faro y las cosas que le enfurecen a lo largo de su estancia. Ese acercamiento al ser humano también explica la necesidad que siente de enfrentarse a Zeus, de “devolver el fuego a la humanidad”, que puede referirse a que, además de querer acceder a la linterna del faro, querer vengar al anterior guarda que ocupaba su puesto antes de su llegada. Quiere vengarle por el sufrimiento y la locura a la que Wake le sometió, y a la que está sometiéndole a él ahora. 

A diferencia del mito griego, en la película Prometeo “mata” a Zeus. Pero en consecuencia, elimina toda barrera que quedaba para entrar en el faro (el fuego), lo que acaba matándolo a él pues supone el clímax de su locura. Las gaviotas le comen los ojos y el abdomen, lo que supone el castigo de Zeus.

En una de las escenas previas al final, Winslow consigue llegar una noche hasta el piso más alto del faro. Allí arriba se encuentra con una persona, que, al darle la vuelta, descubre que es él mismo. Tras darse cuenta de esto, sin entender nada se da la vuelta y contempla como detrás suyo está Wake, de pie, desnudo, cogiéndole con un brazo y de cuyos ojos salen dos rayos de luz, comparables a los de una linterna de un faro. Desde mi punto de vista se refiere a que esta es la ocasión en la que Zeus ya conoce las intenciones de Prometeo y su debilidad por los humanos, por lo que sabe que debe tenerlo controlado. Además que a Prometeo, según la mitología, le gustaba provocar a Zeus y enfurecerle. 

Finalmente, cuando llega a la linterna, al fuego, Winslow acaba siendo preso de su locura y muere, condenado a un final que, sin saberlo, no tenía porqué depender de la presencia o la ausencia de Zeus. O quizá todo sea consecuencia del mal fario que trae la isla.

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El mal vive en el bosque… o eso dicen

Bellaterra. 9 de octubre.

Si el mal vive en el bosque, ver esta película al lado de uno resulta “valor añadido”, como dirían en Súper 8. Los bosques siempre han sido lugares con carácter místico, como si fueran capaces de hablarnos, sin nosotros saber qué llega a esconderse en ellos. Pues bien, si a esto añadimos una familia desterrada, en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, con la fe católica como único sustento, y un bosque considerado el hogar del mal, no hace falta decir que la mala vibra está servida. Y es que al final lo que más miedo da no es lo que pueda vivir en el bosque, sino las personas y cómo somos capaces de hacernos daño entre nosotras, como de fácil es manipularnos. Eso es lo que más terror da: las personas en estado de pánico.

Esto le ocurre a Thomasin, hija mayor de la familia protagonista de este cuento cargado de folklore, y que recrea el terror a lo desconocido y a lo incontrolable característico de aquella época. Es esta atmósfera cargada de esoterismo la que contribuye a dejarnos llevar por las relaciones familiares y los augurios que envuelven su nuevo hogar.

Cartel de la película. Fuente: Castle Rock Asylum

Los componentes clave en la película, en mi opinión, y que son los que más erizan la piel son aquellos elementos salidos directamente de la oscuridad (o del infierno), que envuelven la acción como papel de regalo. Durante la cinta somos testigos de la desaparición de un bebé, del extraño comportamiento de una cabra, alucinaciones, o del exorcismo de un niño. Situaciones que se te van poniendo por delante, y que llegan a un punto en el que ya no te incomodan, las ves como partes esenciales, porque sabes hacia donde quiere llevarte la historia. Lo que queda al final es la paranoia conjunta, el surrealismo acompañado de la desconfianza de unos y otros, y eso es lo que duele. Mucho más que la cornada de una cabra, literalmente.

El film de Robert Eggers, consigue recuperar la fe en el cine de terror. Aquel que te hace contener la respiración. Se separa de las recientes cintas en las que los recursos esenciales son la sangre y los sustos constantes, para parecerse a otras de carácter más psicológico, de un terror que cada vez parece encontrarse en peligro de extinción, con cintas como Babadook o Madre!.