¿Cómo voy a ser una falsa Alicia si este es mi sueño?

¿Alguna vez os habéis sentido identificados con Alicia? La del país de las maravillas digo. Esta historia siempre ha llamado mi atención la verdad, desde pequeña, y aunque nunca he llegado a leer la obra o ver el clásico de Disney (lo tengo pendiente, de verdad) por fin me introduje en el universo de Alicia con la película de Tim Burton. Sé que es una adaptación libre, que ocurre años más tarde de los sucesos originales, pero me parece genial. Toda la composición, en conjunto, crea una versión nueva de una historia que parecía no poder ofrecer más novedades. Lo que quiero explicar con todo esto es, que aunque nunca he leído la novela de Lewis Carroll ni he visto la película de 1951, y que lo único escrito relacionado con la obra que he leído ha sido una versión en inglés que tuvimos que leer para clase, y sinceramente, creo que por muy bonitas que fueran las ilustraciones del libro, condensar toda esa historia en unas treinta páginas, no es muy buena fórmula (aunque en ese momento se agradecía para poder llegar bien al examen). Lo que quiero conseguir con lo que escribo, es establecer un breve paralelismo entre una de las escenas de la cinta de Burton y uno de los cantes de la ‘Divina Comedia’ de Dante.

Recuperando ‘Alicia en el país de las maravillas’, por muy interesada que estuviera en toda la historia, en los mensajes que transmite y en ese universo subterráneo, no llegué a quedarme prendada de verdad hasta que vi la película de 2010, que he vuelto a ver recientemente.

Para hablar un poco de la cinta, quiero destacar que una de mis escenas favoritas se enmarca en los doce primeros minutos. Esos minutos iniciales consisten en la presentación de Alicia, de 19 años, yendo con su madre a una fiesta de la alta sociedad. Es allí, en ese escenario compuesto por jardines, árboles y una enorme casa que preside la fiesta (Anthony’s House, la busqué en Google), que ofrece una atmósfera hipnótica y preciosa visualmente. Nos paseamos por sus jardines laberínticos conociendo a los invitados que protagonizan la escena: todos vestidos en tonos que oscilan entre el blanco, el celeste y el amarillo pálido.

Mención aparte merece la crítica que podría establecerse en esta misma escena de la aristocracia inglesa y cabe destacar también el estrecho parentesco entre algunos personajes que interactúan con Alicia en los jardines y los que luego conoce al caer por la madriguera. Y mientras sucede todo esto, llegamos al punto de inflexión de la trama en el que suena de fondo la canción ‘Proposal/Down the Hole’, compuesta por Danny Elfman, encargado de la banda sonora de la película. La canción empieza a sonar en el momento en el que Hamish le pide matrimonio a Alicia y continua cuando ella persigue al conejo blanco, finalizando una vez desciende por la madriguera.

Retrato familiar. Foto: Fanpop.

Todo esto lo quería conducir hasta la siguiente relación, que establecí al poco de ver la película, momento en la que también me dio por «investigar» sobre la ‘Divina Comedia’ de Dante. Y es que esos días me dio también pir volver a escuchar a Hozier, especialmente una canción que me fascina ‘In the woods somewhere’. Investigando y buscando el significado que podría tener la canción, con la página de Genius encontré una anotación de la propia plataforma que mencionaba que el tema contenía ciertos paralelismos con el primer canto de la obra de Dante, el Inferno. Y en ese momento, lo relacioné todo.

La ‘Divina Comedia’, igual que ‘Alicia en el país de las Maravillas’, es una novela cuyo contenido siempre me ha atraído mucho, por su aura mística, esotérica y las múltiples interpretaciones a la que puede dar lugar la obra. No solo la parte más famosa del viaje que realiza Dante, el Infierno, sino el conjunto de sus explicaciones, descripciones y experiencias que tiene a lo largo del trayecto. En la obra, Dante inicia su descenso al Infierno para posteriormente alcanzar el reino celestial acompañado del poeta romano Virgilio, quien solo le acompaña a través del mencionado Infierno y del Purgatorio. El poeta también ejerce de protector de las distintas fuerzas y criaturas que van encontrando, y finalmente debe separarse de Dante pues no es digno de avanzar hacia el Paraíso, por lo que permanece en el Limbo. ¿Y dónde encaja Alicia en todo esto? Bueno, la verdad es que no me fijé exactamente en Alicia en la película de Burton para establecer la comparación (si puedo llamarlo así) sino en el Gato de Cheshire.

El primer canto del Purgatorio, por Gustave Doré. Foto: Wikipedia.

El famoso gato con la sonrisa de oreja a oreja, que habla de manera traviesa y embelesada y que tiene la capacidad de evaporarse (muy oportuno por cierto). La situación es la siguiente, una vez Alicia entra en el submundo (como Dante) le ataca una bestia llamada el Magnapresa, de la que consigue escapar. Después del ataque ella sigue su camino sola, y es en ese momento de soledad, en medio de la noche, cuando se le aparece Cheshire. El diálogo que mantienen es curioso, especialmente sobre la cuestión que flota en el aire toda la película cuando el gato le pregunta «¿Eres Alicia?», a lo que ella responde, «Ha habido un debate sobre eso». Sin embargo, la frase de Cheshire que más me cautivó en esta escena fue la siguiente: “Te llevaré con la Liebre y el Sombrerero, pero nada más”. La película la vi unos días antes de empezar a sumergirme en análisis, explicaciones e interpretaciones de la obra de Dante, pero esta frase vino a mi mente cuando leí que Virgilio acompaña a Dante hasta el Purgatorio… y nada más. Como el acompañante del florentino, el gato escolta a Alicia hasta los personajes mencionados, los que a su vez la ayudarán a seguir con su viaje, el cual solo puede realizar sola. ¿Familiar? Y con la frase, pronunciada con el tono propio del carácter del personaje (el Sombrerero se refiere a él como un cobarde y un traidor), es como si de verdad no pudiera avanzar más a partir de ese punto.

Supongo que solo es una conclusión nacida de la casualidad, pero hace varias semanas que pensé esto y se lo expliqué a un amigo, el cual me dijo que era algo muy intrigante y que podría servir para un artículo. Aquí está pues. No estoy segura de si habré podrido transcribir mis pensamientos de la mejor forma posible, pero me alegro de haber podido plasmar esta idea, combinando dos obras que admiro. Así que nada más y bien viaje.

¿Quién ha decorado el piso de Patrick Bateman?

Puede que la cabeza de Patrick Bateman, el personaje interpretado por Christian Bale en la cinta American Psycho (2000) sea un caos, pero la impecabilidad de su piso, o de los otros espacios que aparecen en la película de Mary Harron se hace notable a lo largo de los 101 minutos de duración del filme. Todo se encuentra limpio y ordenado, sin nada fuera de su lugar, nada que produzca rechazo. Todo es perfecto. El placer de lo estético. Esto contrasta con el carácter de Bateman, quien representa todo lo contrario bajo una coraza de cuidada apariencia y perfección. 

El acogedor piso de Patrick Bateman. Foto: Scene Therapy.

El piso de Patrick parece sacado de una revista de Ikea, un piso minimalista, con los muebles justos y cuya posición parece calculada al milímetro. La cocina impoluta, el salón igual, todo en una escala de colores que oscila entre los grises y los blancos. Nada sale de este espectro de color, lo que contribuye a que el piso mantenga un aura futurista y moderna. Aura que también me transmitió en la película la ciudad de Nueva York, pues básicamente los espacios principales en los que se desenvuelve la acción son varios restaurantes caros en los que se mueve el protagonista y sus amigos, el edificio donde trabaja y su despacho, las calles neoyorquinas rodeadas de rascacielos, y el piso (o casa de los horrores) del protagonista. 

El despacho de Patrick Bateman y al fondo, la ciudad de Nueva York. Foto: Imdb.

Esta ambientación, especialmente la de las calles e incluso la del despacho de Patrick, contribuye perfectamente a la sensación de “pasar desapercibido” propio de las grandes ciudades, del vacío de los espacios en los que se mueven los personajes, de la superficialidad que los llena. En el caso del despacho del protagonista, el paisaje que puede observarse desde la ventana es completamente gris. Un telón formado por rascacielos grises que contribuyen a la sensación mencionada anteriormente de pequeñez, de “perderse entre la multitud”, de la fragilidad de los seres humanos. Solo una ventana más, un despacho más entre cientos de miles. Todo envuelto en esa paleta de colores grisáceos y blanco hueso (como diría el propio Bateman). 

Otro elemento que caracteriza a la perfección esa persecución de lo estético en la película es la escena de las tarjetas. En esta escena, Bateman y sus compañeros empiezan a comparar sus tarjetas de presentación, comentando los elementos que incluyen, el diseño que las define y varias características que contienen y a las que pocas personas darían importancia. Como si estuviéramos en un universo en el que esta clase de cosas lo dominasen todo, donde fueran lo más importante. Pues en la mencionada escena, los planos detalle que se hacen de cada una de las tarjetitas, desde la observación de la tipografía, hasta la rugosidad del papel o el color, te hacen caer en lo realmente bonitas y perfectas que son. Valoras el placer visual que producen, y en que una vez más, la estética cuenta mucho, y cómo una persona como Patrick Bateman, con el caos que reina en su cabeza, puede ser tan simétrica, ordenada y perfecta a la vez (aunque luego le produzca un ataque que alguien tenga una tarjeta mejor que la suya). En lugar de decir que la cara es el espejo del alma, en este caso podríamos decir que es la tarjeta de tu oficina. Aunque a Bateman no le hace justicia. 

La tarjeta de presentación de Bateman, ¿Bonita no?. Foto: Pinterest.
La tarjeta del archienemigo de Bateman, Paul Allen (Jared Leto). Foto: Imdb.

Pasearse por American Psycho con Christian Bale es como pasearse junto a alguien obsesivo por una tienda de decoración, especialmente por las zonas de “Oficina” o “Zonas de trabajo”. Muebles modernos, simétricos, cada uno en su lugar. Una visión de espacios perfecta, manchada únicamente por algunas salpicaduras de sangre, el sonido de una motosierra o algún que otro CD que el propio Bateman ponga para amenizar el ambiente. Porque él es así, un tipo que cuida los detalles, su carta de presentación, pues al final es todo lo que tiene. Y por ello, a pesar de todo el desastre, sigue poblando algún tipo de calma, como un embrujo. No sé si es el estilo Dorian Gray del protagonista, con sus rutinas de perfección y belleza, lo que te hace olvidar sus pecados y centrarte en lo bien que se cuida, la buena planta que tiene y su exquisito gusto para decorar.

La venganza personal del protagonista, en proceso. Foto: Imdb.

Y líbranos del mal, Constantine

El bien y el mal existen. Y me atrevo a decir que todos los hemos visto alguna vez, puede que no en una forma mística, transformada o monstruosa, propia de uno de esos oscuros cuadros que habitan en las iglesias, pero los hemos visto. Incluso puede que nos hayamos enfrentado al bien y al mal, saliendo victoriosos algunas veces, y otras no tanto. En ocasiones simplemente salimos, a secas. Quizá no tengamos una escopeta en forma de cruz como la de John Constantine, y no vendrá a recogernos el mismísimo Diablo en nuestro lecho de muerte, pero algo muy cierto guarda la historia de ‘Constantine’ (Francis Lawrence, 2005) que el bien y el mal viven entre nosotros, cada día, caminan entre nosotros, a veces nos dan la mano, y otras veces nosotros les damos la espalda. Hay personas que conviven con estos elementos en su interior, y otras que potencian (por muy difícil que sea) uno de ellos. Pero si tuviera que tomar partido, considero que todos tenemos ambos dentro de nosotros mismos, podría ser como un Ying y el Yang versión anatomía. Y como Keanu Reeves en Constantine, la vida nos enseña (quizá no de manera tan brutal como le ocurre a él) a ver y analizar estas conductas, las buenas y malas acciones, las personas que detrás de su bondad esconden malicia, otras cuyas buenas acciones son reales y fuertes, mejoran su entorno. Las personas tóxicas y las que no lo son, o no lo son tanto. 

Quizá todo esto pueda ser demasiado subjetivo, pero al ver ‘Constantine’, pude ver con claridad varios paralelismos con la vida real, sin la necesidad de tener que ver gárgolas sobrevolando las calles. Y el personaje de Medianoche (Midnite en la versión original), interpretado por Djimon Hounsou, podría ser otro paralelismo, el de aquellas personas neutrales, con miedo (o precaución) e incluso con el pensamiento egoísta, de no querer ensuciarse las manos en asuntos que no son los suyos, donde no quieren meterse. Si Medianoche hiciera el test de las 16 personalidades, pongo la mano en el fuego de que sería cónsul.

Además de algunos mensajes que interpreté en las escenas, la historia que cuenta la película es una fantasía oscura, paradójicamente ubicada en Los Ángeles (City of Angels puede leerse en el taxi que lleva a John Constantine en la primera escena de la película). Todos los datos y detalles que Constantine conoce y va revelando, los métodos que utiliza, las visitas al Infierno que lleva a cabo y cómo debe hacerlo, las armas, los trucos, las visiones, todo son piezas que encuentran su lugar a la perfección en este puzle formado por pasajes de la Biblia y exorcismos. La cinta sumerge al espectador en un universo propio y único, lleno de elementos interesantes y curiosos que te atraen y atrapan cada vez más, igual que lo hacen los personajes. 

Constantine con su arma favorita haciendo lo que más le gusta de su trabajo. Foto: Filmaffinity

Los personajes, sí. Empezaré por quien da nombre a la cinta: John Constantine (Keanu Reeves), detective de lo paranormal con carnet propio, capaz de fumarse dos paquetes al día, y a quien, después de todo lo vivido, le va a destruir un cáncer de pulmón. El protagonista indiscutible de la historia, sacado de las viñetas del cómic ‘Hellblazer’ de DC Comics para trasladarlo a la gran pantalla. Él conduce la historia y tiene un imán propio: su carácter, lo enigmático y esotérico que es y lo impasible que llega a mostrarse ante situaciones surrealistas. Un hombre a quien al principio ves como un narcisista con un ego más grande que el demonio que expulsa en la primera escena, y a quien, al mismo tiempo y mientras avanza la película, ves cambiar. El cambio es mínimo y perceptible en algunos gestos, pero Constantine cambia y sus facciones serias y monótonas, también. Descubre su verdadera misión en la (tercera) vida que se le concede. Y lo mejor: parece gustarle lo suficiente para querer vivirla de la mejor manera posible.

Constantine (Reeves) en plena acción por las calles de Los Ángeles. Foto: Filmaffinity

El otro personaje que da qué hablar: Angela Dodson (¿Casualidad que se llame Angela?), interpretada por la magnífica Rachel Weisz. Ella es agente de policía en el mundo real, el que todos podemos ver. Todo lo contrario al de Constantine. Ambos se complementan a la perfección, el dúo perfecto. Ella es creyente, a pesar de negarse a sí misma su capacidad para ver cosas; mientras que Constantine está obligado a ver todo lo que ve le guste o no, y su fe parece practicar funambulismo. Los dos demuestran no ser tan distintos, compartir concepciones similares sobre el mundo, el cielo, el infierno y todo lo que habita en ellos.

Y en cuanto al bloque de personajes, quería comentar brevemente uno más, el arcángel Gabriel. Este personaje bíblico lo interpreta la camaleónica Tilda Swinton, y entre otros valores, en la película Gabriel encarna a la perfección la hipocresía, la envidia, el ansia de poder y la traición. Básicamente todo lo contrario a lo que se explica de él en la Biblia. Gabriel pertenece al Cielo, pero se pasea entre las sombras, moviendo con agilidad los hilos que harán tambalearse el equilibrio entre el cielo y el infierno, entre Dios y el mismísimo Lucifer.

Todo este cóctel de terror, fantasía y misticismo dan lugar a una cinta interesante, intensa y plagada de acción, que a mí me ha sorprendido gratamente. No puedo compararlo con la obra impresa porque no he tenido la oportunidad de leerla, pero la película se ha ganado mi opinión favorable. Un elenco explosivo y único facilitan todo este resultado bajo las órdenes de Lawrence (responsable entre otras cintas de la primera entrega de la saga Los Juegos del Hambre). En fin, recordad que ni el bien ni el mal se encuentran tan lejos de nosotros, caminan a nuestro lado día y noche, solo debemos encontrar el equilibrio. O lo hará John Constantine por nosotros.

Portada de la película ‘Constantine’ (2005). Foto: Filmaffinty

Oda als cinemes a la fresca

Aquest estiu, com el que portem d’any des de març, està sent diferent. No cal aprofundir-hi molt, tots ho hem notat. Em recorda a una il·lusió, la il·lusió de la normalitat. I com altres coses que no gaudirem aquest estiu, jo vull dedicar aquest text a fer el recordatori d’un esdeveniment en concret, el qual tinc en alta estima, especialment al poble on passo els estius: els cinemes a la fresca. He llegit que a Palma sí se’n celebraran, alguns, contats. Però als pobles ha estat una iniciativa que en la majoria de casos s’ha vist trencada degut a les circumstàncies. Aleshores, almenys en el meu estimat poble, no tindrà lloc aquella reunió de gent, amics i família, davant la pantalla blanca, esperant la projecció. La meva admiració cap a aquest esdeveniment també recau en la seva especial ubicació. El lloc escollit per instal·lar-hi la pantalla és un pinar que es troba al final del Port, la zona més freqüentada del poble. Una esplanada plena de pins, arena i amb la mar a la teva dreta són els elements que acompanyen la projecció. Es pot ensumar l’estiu, impregnat a les branques dels arbres. Quasi tot el poble s’hi reuneix allà baix, a la nit, no importa la pel·lícula que sigui, si anava destinada als més petits o als més grans, sinó la companyia, l’ambient, el poble.

En realitat, trob a faltar els cinemes en sí, tots ells, en totes les seves formes. El fet d’anar al cine i tot el que comporta (o comportava): mirar la cartellera, escollir la pel·lícula, comprar les entrades, asseure a les butaques, veure els anuncis i deixar-te submergir en el so dels altaveus. Ho trob molt a faltar. Però els cinemes a la fresca són quelcom més especial, en la meva opinió, perquè són puntuals, com una pluja d’estels. Tenen lloc uns dies en concret, en una època concreta de l’any i en un context concret. Formen una part essencial del meu concepte d’estiu. Quan pens en aquests mesos, em venen moltes coses al cap, les quals també estim molt, però també la pregunta que faig als meus amics, “anirem a n’es cine a la fresca enguany, no?”.

Les nits d’estiu ja de per sí gaudeixen d’una essència especial, són màgiques, però encara més si aconsegueixen reunir tanta gent per gaudir d’una pel·lícula. Els cinemes a la fresca seran una cosa més a afegir a la llista de mancances de l’estiu, dins la “nova normalitat” gens normal.

La verdad puede ser extraña

Todos buscamos un qué en la vida, lo mismo le ocurre a Stephen Strange, aunque no durante su vida como cirujano, más bien, cuando empieza su “segunda vida”. Una vida que para nada él consideraba que iba a ser la suya, dotada de unos conocimientos que él rechaza.

A partir de aquí, este artículo contiene spoilers sobre la película.

Como adentrarse en un caleidoscopio gigante, una casa de los espejos o el mismísimo País de las Maravillas, Dr. Strange nos abre un portal hacia una visión mística y mucho más mágica y profunda del universo Marvel. Aunque no voy a entrar en aspectos del MCU (Marvel Cinematic Universe), sino que voy a centrarme en mensajes vitales que esconde la película de Scott Derrickson. Porque detrás de tantas ilusiones y hechizos, detrás del desconocimiento, se esconden algunas que otras verdades, que para mí, después de volver a ver la película, me han transmitido mucho. Si la primera vez quedé impresionada por la acción, y de nuevo lo he hecho, esta vez debo añadir que también por determinadas partes del guión y escenas concretas.

Stephen Strange se nos presenta como un hombre que lo tiene todo: un buen trabajo, dinero, amor y prestigio. Pero como muchas veces habremos leído o nos habrán dicho, eso no es del todo importante. La salud, como actualmente tanto se nos repite, es algo tan importante y que sin embargo parecemos olvidar constantemente. Eso rompe con la anterior vida de Strange y actúa como interruptor de la búsqueda que inicia posteriormente.

El trágico despertar del Dr. Strange. Foto: Imdb

Por otro lado, y la verdad es que no sé si ha sido cosa únicamente del guionista o si algún “mantra«, como diría el Dr. Strange de Benedict Cumberbatch, sale directamente de las páginas de los cómics. Sin embargo, una cosa tengo clara, y es que en esta ocasión, al volver a ver la cinta, me ha abrumado la cantidad de líneas que dan pie a reflexiones, especialmente por parte de La Anciana (interpretada por Tilda Swinton). 

Uno de los principales momentos que quiero destacar es el siguiente, para mí una de las escenas más hermosas de la película. Situación: Nueva York a los pies de Strange y de La Anciana, el tiempo corre lentamente, muy lentamente, puede contemplarse el vuelo de un helicóptero, los rascacielos de Manhattan y el inicio de una tormenta con todo lujo de detalles, todo desde el balcón de la cafetería de un hospital. La Anciana, consciente de su inminente muerte, le dice a Strange, agarrándole la mano, “la muerte da sentido a la vida”. Le agarra la mano en un gesto de inocencia y miedo. Aquí se me encendió la bombilla, y lo relacioné con algo que también he leído y oído otras veces: una persona con tanto poder (como ella), no deja de ser igual que cualquier otra. Eso es algo que caló en mí, las ansias de poder no cambian nada, todos perecemos ante lo mismo. Lo mismo le ocurre a Strange al inicio de la película, lo tiene todo bajo control, o eso cree él, como tantas otras cosas. Sin embargo, no es así, de hecho, nada es como él piensa.

Strange y La Anciana, más unidos que nunca. Foto: Imdb

«Mírame, estirando este momento para que dure mil momentos, solo para poder ver la nieve», La Anciana

Toda la escena en la terraza me parece preciosa, adoro estos momentos y la “seguridad” (por decirlo de alguna manera, me recuerda a la sabiduría que desprende el rey Balduino (Edward Norton) en El Reino de los Cielos, cada palabra que dice me hace reflexionar), en cada una de sus palabras. Disculpad la subjetividad, pero es devastador todo lo que confiesa el personaje de Swinton en una escena como la que se describe, y no lo hace como momento de flaqueza o sinceridad antes de morir, sino como revelación de la única verdad que importa y de la que no somos conscientes: el tiempo y su transcurso, incluso de la aceptación de la muerte. No le transmite ningún conocimiento sobre hechizos o poderes que deba saber para luchar, simplemente le explica la importancia de sus acciones, de la muerte y de su participación, «que nada depende de usted», le dice, en un engranaje que abarca mucho más de lo que cree. Como le dice Blackwood a Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009), “Endurezca la mente Holmes, le necesito”. Ahora imaginaos esa frase pero con bondad y no la sombría entonación de Mark Strong.

Strange a punto de entrar el plano astral. Foto: Imdb

Todo lo que cuenta Swinton son palabras reales, no frases vacías sin un propósito, pueden sacarse de la pantalla y aplicarse perfectamente a la vida fuera de ella. Toda esta reflexión es producto de mi deducción, cuando lo vi todo muy claro.

«El fin no es esto, hay otras cosas que pueden dar significado a tu vida», Christine Palmer

El personaje de McAdams me parece también clave en la historia. Con apariciones contadas, Christine Palmer (McAdams) se convierte en el puerto al que vuelve Strange constantemente, su refugio, su ayuda más importante, y la persona a la que más quiere. Es la personificación de aquello que Strange se negaba a creer o a plantearse, que cuando Stephen dice “la vida sin mi trabajo…”, “sigue siendo vida”, le dice ella terminando la frase. Aunque, por desgracia él en ese momento no pueda verlo. Y el tiempo sigue corriendo, tiempo que acaba separándolos (sin saber si de manera definitiva). Le da esperanza, y sobretodo, cree en él por encima de todo, a pesar del daño que le haya causado, y por ello también sabe que debe alejarse. 

Christine acompaña siempre a Stephen, en forma de tiempo. Foto: Imdb

Universos y probabilidades infinitas

La cantidad de dimensiones y universos que se mencionan y enseñan, lo interpreté como las posibilidades que tenemos para actuar con y para nuestro entorno, sabiendo las consecuencias que pueden llegar a tener nuestros actos, y no aprovechándonos de las oportunidades que nos brinda la vida como si fueran de usar y tirar. Más bien verlo como algo valioso, todos los usos y opciones que nos ofrece.
La apertura de tantas dimensiones a los ojos de Strange (y a los nuestros), representa eso para mí.

Considero que esta es una película que puede verse desde distintas perspectivas, al aplicarle un simbolismo distinto a elementos que vemos en pantalla, como el cosmos y la inmensidad tanto del espacio como de las dimensiones, que podría equipararse al desconocimiento humano, otro elemento muy presente en la cinta de Derrickson.

El principio del todo para un nuevo Stephen Strange. Foto: Imdb

Al volver a ver la película del Dr. Strange, ha sido como verla por primera vez, porque todo lo que me ha transmitido ha sido distinto. Ha adoptado una nueva visión, un nuevo significado. Esta vez no la he visto como una película que es la continuación o el epílogo de algo más grande como es el MCU, sino como un mensaje sencillo y pequeño sobre la vida, como somos las personas en algo tan inmenso como el universo.

El dolor y la pérdida en Midsommar

Una pesadilla de verano. Un delirio con música tradicional y sonido de gaitas de fondo. Un viaje casi psicotrópico en un campo sueco. Así definiría Midsommar, pero definir lo que me transmite esta cinta son palabras mayores. La casa de la productora A24 nos sumerge en una de sus inquietantes historias. Una oda al dolor humano.

Bienvenidos al festival

Ari Aster consigue crear un entorno idílico rodeado de una aura aterradora. Como si te adentraras en un cuadro, Midsommar te introduce en unos campos verdes que en el primer momento consiguen transmitirte paz y calma, pero que en los siguientes instantes, te abren las puertas de todo un escenario a la inversa. A través de la historia de Dani (Florence Pugh), se nos presenta el proceso del duelo, de la pérdida y del dolor que lo envuelve todo como una sombra negra, a pesar de que haga sol. Mucho sol. En un lugar en el que no anochece, la hierba siempre es verde y el cielo es de un azul intenso, se ciñe una capa de oscuridad invisible a los ojos de nuestros protagonistas.

En la situación actual que vive el mundo, en el que se nos requiere estar encerrados, quizá nos pueda crear angustia, en algunos casos más que otros. En la cinta de Aster estamos a campo abierto, no hay nubes, ni árboles que irrumpan el paisaje en el que sucede la acción, y sin embargo eres capaz de percibir esa tétrica incertidumbre que esconden los habitantes de la comuna: la desinformación que conduce a los protagonistas a una pesadilla a plena luz del día. Una incertidumbre que, en la actualidad, puede resultarnos familiar.

La aldea al completo, acogedor. Foto: Filmaffinity

Los pilares del Midsommar

Los temas que abarca Midsommar, pues, los agruparía en tres: en primer lugar, el dolor humano, físico y psicológico; la pérdida, y el consiguiente proceso que conlleva para cada persona (este es el motor que mueve a Dani a tomar la decisión de viajar junto a su pareja, Christian (Jack Reynor), y sus amigos a Suecia), y la búsqueda constante, de algo, sin saber el qué. Las personas nos pasamos la vida buscando (incluso requiriendo) un qué. De hecho, este es uno también de los motores de Dani, que, a lo largo de la historia va dejándose caer, casi a cámara lenta y sin ella ser consciente del todo, en las manos de esa gente que ahora la rodea vestida de blanco y llenándola de flores multicolores.

La misteriosa aldea con Dani (Florence Pugh), en el centro. Foto: Filmaffinity

Dani contra el dolor, una lucha aparentemente interminable

En la película hay diversas manifestaciones del dolor. Ya sea el que conlleva la pérdida mencionada, el causado por el amor y el de la incerteza, la desorientación. En este último caso, en la desorientación e incertidumbre, quiero relacionarlo con dos momentos de la película. El primero lo llamaré “perderse para encontrarse”, es el momento en la película en el que Dani, sin saber muy bien donde está participando, acaba bailando en la competición de la coronación de la Reina de Mayo del Midsommar. Durante toda esta fantástica, costumbrista e hipnótica escena, si conseguimos no sucumbir a la música que la acompaña, vemos como Dani empieza a bailar por intuición siguiendo las indicaciones que le da su compañera, entonces ella poco a poco empieza a saber que hacer en cada momento, se deja llevar (¡hasta llega a hablar sueco!). Hasta que llega el momento en el que podemos ver la felicidad en su rostro, emoción que no se manifiesta (o lo hace de manera imperceptible) en toda la cinta en el personaje de Pugh.

Una transformada Dani (Pugh), unida a sus hermanas en el dolor. Foto: Filmaffinity

En cuanto a este aspecto, debo añadir un highlight, ubicado en el final de la cinta. Se trata de la “integración” total que lleva a cabo Dani en ese nuevo ambiente en el que se encuentra. Hay un momento, un primer plano de su expresión facial, en el que sin decir nada, en su rostro podemos observar una mueca, un signo de alegría, como si al final encontrara ese lugar que había perdido: la familia.

La inocencia del adulto

El segundo momento de incertidumbre total y asfixiante, lo vinculo a una de las escenas que sigue a la del baile. Toda la comunidad se sienta a cenar (o quizá comer, pues la luz es la misma) y Christian se encuentra bajo un efecto ‘casi’ psicotrópico por una extraña bebida que ha tomado. En su estado de confusión, en el que no entiende nada: viendo a Dani presidiendo la mesa, cubierta de flores, en un trono y todo el mundo pendiente de ella, él le pregunta a un hombre qué ocurre, a lo que el hombre, como respuesta, da una palmada justo enfrente de él. Christian reacciona como un niño pequeño, encogiéndose de hombros y bajando la mirada, “¿Por qué ha hecho eso?”, le pregunta al hombre con la voz temblorosa. Para mí en esta escena, viendo a Christian actuando de esta manera, es como verlo caer por la madriguera de Alicia. No sabe donde está, ni qué ocurre, ni sabe qué hacer o cómo reaccionar.

¿De día no da tanto miedo, no?

Hay algo más que me hizo sentir la historia. Durante la estancia de los protagonistas en la comuna, dos de ellos desaparecen casi a la vez. Dani y Christian son en ese momento los únicos que quedan, pues otra pareja que también estaba con ellos desaparece el día anterior. Entonces, cuando el espectador descubre el destino de estos personajes (cuando los propios protagonistas aun no saben nada), me invade lo terrorífico que es que desaparezcan tus amigos, en un lugar que no conoces, que la gente te cuente versiones falsas de su paradero sin que tú lo sepas, que la vida continúe como si no ocurriera nada y que nadie se preocupe por ellos. Especialmente, que ni Dani ni Christian puedan hacer nada por ellos, como si hubiera una barrera transparente que les impidiera actuar.

Con todo lo que vemos y lo que no en la última cinta de Ari Aster, lo que se demuestra es que aunque todo lo bañe la luz del sol, siempre puede haber inquietud en la claridad. Lo terrorífico no lo envuelven únicamente las sombras. Eso es lo que demuestra Midsommar.

Uno de los hipnóticos carteles de la película, el placer de lo estético. Foto: Filmaffinity

Hello again, friend of a friend

Conocéis esa sensación de que en un día vives muchas cosas, u ocurren varias. Puede ser que seas partícipe u observador. Sin embargo, ocurren, las sientes, como salir una noche y que pasen mil cosas distintas, tantas, que a la mañana siguiente le preguntas a alguien: “Oye, ¿ayer pasó esto y lo otro?”. Es como hacer un puzzle, vas cogiendo piezas y empiezas a juntarlas, parecido a una deducción. Pero en el momento en el que estaban ocurriendo, en este caso, durante la noche, tú simplemente las vivías, dejabas que te traspasaran, las sentías sin cuestionarte nada, todo era bueno y estaba bien. Luego dices, “me alegro de haber salido esta noche, pasaron tantas cosas”. Al final lo que nos forma son las historias, y las memorias, los recuerdos que tenemos de ellas. Pues esta sensación de incertidumbre, de no saber exactamente qué estaba ocurriendo, qué estaba viendo, la estuve viviendo al visualizar, por primera vez, Scott Pilgrim Contra El Mundo.  

La estética de la película me atrapó, el uso de los colores, de los recursos propios del cómic y de los videojuegos. Todo en su conjunto resultó en un viaje pop a la historia de amor (porque es el amor el que controla la historia) que vive Scott Pilgrim con Ramona Flowers. “Luchar por lo que quieres”, podría ser una de las reflexiones que se saquen de la película, sinceramente no sé si del todo acertada, pero el enfrentamiento de Scott a los siete ex-novios (los cuales tienen superpoderes) de Ramona, es el pilar central donde se construye tan magnífica historia. Quizá me impactó tanto porque el único contacto que había tenido con el personaje de Bryan Lee O’Malley era de vista, había visto alguna vez el dibujo de Scott Pilgrim. Pero ese domingo de febrero en el que decidí ver la película, fue increíble. Leyendo sobre la película, otras opiniones y comentarios, varios coinciden a mencionar lo acertada que es la estética y la ambientación de la cinta. Y es que sin ir más lejos, si la película no estuviera hecha como lo está (gracias Edgar Wright por arriesgarte y haber creado tal cosa) perdería la gracia, y lo más importante, su relación con su origen: una novela gráfica. En total, un conjunto de seis volúmenes, y la película se basa en los cinco primeros.

Viñeta del Vol. 1, Scott Pilgrim: su vida y sus cosas. Foto: Blog de Superhéroes

La compenetración de los personajes es vital, los cuáles parecen salidos de la serie Galactik Football. Es tan fascinante el universo que se crea, todo está bien, te transmite una sensación de perfección, como si cada cosa estuviera en su lugar. No hay nada a cambiar. Mary Elizabeth Winstead (Calle Cloverfield 10, Sky High) se presenta, en mi opinión, como el mejor personaje, junto a Envy Adams (una metal Brie Larson). Sobre el personaje de Winstead, Ramona Flowers, lo definiría como esa persona cuyo carácter no llegas a entender del todo, sin embargo, le acabas conociendo y sí entiendes sus motivaciones, aunque no se cuente mucho sobre ella. Se cambia el pelo cada semana (rosa, azul y verde son los que vemos en la cinta), se desplaza con patines y trabaja como mensajera. Sin palabras, así es como se queda Scott Pilgrim al conocerla. Ramona me recuerda en algunos aspectos, a Summer de 500 Días Juntos. Posee ese aire impredecible, inalcanzable, cuyo palacio mental parece indescifrable. 

Scott y Ramona, soporte mútuo. Foto: Filmaffinity

Envy Adams es el personaje de Brie Larson, que, a pesar de contar con escenas contadas, marca totalmente la cinta. Es la ex-novia de Scott, que trata de superar y que además es una estrella del rock. Hay una única escena en la que la vemos actuar, en la cual su banda toca “Black Sheep”, canción hecha para la película por el grupo Metric, y ella pone la vocal: una fantasía. Toda esa escena tiene vida propia. Hay un intercambio de miradas entre Scott y Envy, entre el bajista y Scott, y entre Ramona y el bajista, cada uno con sus intenciones, y sin mediar palabra, se establece durante la actuación un conflicto de intereses, unos significados y celos que pueden percibirse a la perfección. 

La música que circula a lo largo de la cinta es mágica, acorde a las situaciones (el inicio de “Black Sheep”: Hello again, friend of a friend, es como si Envy hablara directamente con Scott), al estilo de los personajes, de la ciudad de Toronto, que parece una mezcla entre Tokio y Toronto, como hicieron en Big Hero 6 con San Francisco y la capital japonesa (San Fransokyo). Acompaña todo y le otorga un aire personalizado a cada situación. Como mencionaba, la estética es lo que la hace única, y junto a los personajes y su estilo, la música, el guión y los lugares, se crea un escenario idílico, metropolitano y futurista. Dos horas de film que no notas, y que en mi caso supuso una inmersión completa. Un reparto de actores geniales, muchos de los cuáles en ese momento hacían despegar su carrera, se adentraban en esta pieza de ficción y romance: Mary Elizabeth Winstead, Anna Kendrick, Brie Larson, Chris Evans, Brandon Routh (nunca se sabe cuando volveremos a ver a Superman tocando el bajo) o Johnny Simons. 

Por último, una vez más lo presenciamos en esta historia, a pesar de los puñetazos, el punk, los superpoderes, el veganismo o las mechas azules, todo gira alrededor del amor. Un amor inexplicable y a la vez sincero, que en sincronía con todo lo demás, convierten esta historia, en algo único. Para mí, ver Scott Pilgrim Contra El Mundo, fue una revelación. En google, en la ficha que aparece de la película sale el presupuesto que tuvo y lo que recaudó aquí. No llegó a superar el presupuesto de 85 millones que supuso (recaudó 48 millones en España), pero a un 91% de los usuarios les gustó la película, y eso suma mucho más a lo largo del tiempo.

El faro de Prometeo

Recientemente fui al cine a ver El Faro. En el centro de esa vorágine de locura no logré descifrar un mensaje completo, sin embargo, a raíz de dos escenas (especialmente dos de las últimas escenas), vi lo que parecía una interpretación libre del mito de Prometeo. Puede que sea una olla mía, pero voy a explicarme.

Para empezar, el faro representa el fuego arrebatado a los humanos, tan inalcanzable por los mortales y custodiado por Zeus (en la película, el veterano farero Thomas Wake, encarnado por Willem Dafoe, cuyo personaje comparte similitudes con el dios griego). Pattinson es el compasivo titán Prometeo. Aviso que a continuación pueden aparecer spoilers, más que «puede», seguro que hay.  

Cuando Winslow (Pattinson) aparece en la última escena siendo comido por las gaviotas, te enfocan dos partes del cuerpo: primero los ojos, donde ya no hay ojos, sino bultos hinchados, y en segundo lugar, la parte del abdomen. Estos dos planos pueden ser de todo menos gratuitos. Enfocar la parte del abdomen representa el castigo que impuso Zeus a Prometeo al robar el fuego del Olimpo (representado por el faro) para dárselo a los humanos en un acto de compasión. El castigo consistió en que por la noche un águila le devoraría el hígado y por la mañana volvería a crecerle, para que al caer la noche volviera el águila a comérselo. Un castigo eterno. El motivo del castigo: haber robado el “fuego”, lo que se representa con la intrusión de Winslow en la torre del faro, a pesar de las prohibiciones de Wake.

Además, lo que hace creer que Winslow es más humano en cuanto a emociones que Wake son las tentaciones que tiene, las fantasías sexuales que experimenta en la isla del faro y las cosas que le enfurecen a lo largo de su estancia. Ese acercamiento al ser humano también explica la necesidad que siente de enfrentarse a Zeus, de “devolver el fuego a la humanidad”, que puede referirse a que, además de querer acceder a la linterna del faro, querer vengar al anterior guarda que ocupaba su puesto antes de su llegada. Quiere vengarle por el sufrimiento y la locura a la que Wake le sometió, y a la que está sometiéndole a él ahora. 

A diferencia del mito griego, en la película Prometeo “mata” a Zeus. Pero en consecuencia, elimina toda barrera que quedaba para entrar en el faro (el fuego), lo que acaba matándolo a él pues supone el clímax de su locura. Las gaviotas le comen los ojos y el abdomen, lo que supone el castigo de Zeus.

En una de las escenas previas al final, Winslow consigue llegar una noche hasta el piso más alto del faro. Allí arriba se encuentra con una persona, que, al darle la vuelta, descubre que es él mismo. Tras darse cuenta de esto, sin entender nada se da la vuelta y contempla como detrás suyo está Wake, de pie, desnudo, cogiéndole con un brazo y de cuyos ojos salen dos rayos de luz, comparables a los de una linterna de un faro. Desde mi punto de vista se refiere a que esta es la ocasión en la que Zeus ya conoce las intenciones de Prometeo y su debilidad por los humanos, por lo que sabe que debe tenerlo controlado. Además que a Prometeo, según la mitología, le gustaba provocar a Zeus y enfurecerle. 

Finalmente, cuando llega a la linterna, al fuego, Winslow acaba siendo preso de su locura y muere, condenado a un final que, sin saberlo, no tenía porqué depender de la presencia o la ausencia de Zeus. O quizá todo sea consecuencia del mal fario que trae la isla.

Més a prop dels divuit que dels disset

Sánchez Arévalo sempre aconsegueix emocionar-me. No sé si és perquè em recorda a la meva germana. Ella em va ensenyar la primera pel·lícula que vaig veure del director, Primos (2011). Amb aquesta pel·lícula vaig flipar i vaig disfrutar molt. I la meva germana i jo sempre coincidim en dir que el que més ens agrada és l’atmosfera que crea, una atmosfera de casa. 

L’altre dia vaig decidir veure Diecisiete, la recent pel·lícula que ha dirigit Arévalo sota la carpa de Netflix. Vaig ignorar l’etiqueta que deixava llegir  “lacrimògena”, ja ho vaig comprovar jo més tard. La història segueix els peus d’Héctor, un noi problemàtic que fa tot el possible per trobar el seu gos i acompanyar la seva padrina al seu poble, per fer-ho compta amb l’ajuda del seu germà gran, amb qui la relació no és del tot ideal. 

En els dies en què es trobem, emmarcats pel Whatsapp, els àudios i de les xarxes en general, veure dos germans, la seva padrina i un gos amb tres potes recorrent la costa càntabra amb una caravana et dona una mica d’enveja. Perquè encara que ells des de l’interior del viatge sembli que no arriben a apreciar, és una situació preciosa. Aquest és un punt que m’agrada bastant, el fet de poder veure una cosa que els personatges no contemplen fins al final. En aquest cas, la bellesa de la vida, del que estan vivint i de la familia. 

El caràcter del personatge principal, Héctor, encarnat per Biel Montoro, em recorda al protagonista de 15 años y un día (2013). El que trobo que tenen en comú és el caràcter rebel que marca cada una de les seves accions, fins i tot la manera com parlen. Vaig veure la cinta de Querejeta quan tenia 14 o 15 anys i la veritat és que no vaig entendre el missatge que amagava. Ara veig Diecisiete i arribo tard en edat, però puc entendre-ho tot perfectament. 

El film es manté en l’estela pròpia de Daniel Sánchez Arévalo, en l’estil que el marca i que ja havíem presenciat en pel·lícules com la mencionada Primos (2011) o La gran familia española (2013). Els elements que introdueix no perden l’essència que sempre vol aconseguir, la familiaritat, la casa que trobem en les persones i l’encant de les coses que no canvien, a les que sempre hi podem tornar. I molt de color verd, camp i poble. Trobant-me enfora de casa, cintes com aquesta m’hi retornen per moments. Em fan plorar i em reconforten. Em recorden als meus germans i a situacions familiars que duc vivint d’ençà que tinc memòria i que enyoro quan no hi sóc. Però el que és irònic és que quan ho podia viure, a vegades tractava d’evitar-ho o no apreciava del tot. Ara que no ho tinc ho trobo a faltar.

Les sabates que acompanyen a Héctor durant el viatge.
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El mal vive en el bosque… o eso dicen

Bellaterra. 9 de octubre.

Si el mal vive en el bosque, ver esta película al lado de uno resulta “valor añadido”, como dirían en Súper 8. Los bosques siempre han sido lugares con carácter místico, como si fueran capaces de hablarnos, sin nosotros saber qué llega a esconderse en ellos. Pues bien, si a esto añadimos una familia desterrada, en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, con la fe católica como único sustento, y un bosque considerado el hogar del mal, no hace falta decir que la mala vibra está servida. Y es que al final lo que más miedo da no es lo que pueda vivir en el bosque, sino las personas y cómo somos capaces de hacernos daño entre nosotras, como de fácil es manipularnos. Eso es lo que más terror da: las personas en estado de pánico.

Esto le ocurre a Thomasin, hija mayor de la familia protagonista de este cuento cargado de folklore, y que recrea el terror a lo desconocido y a lo incontrolable característico de aquella época. Es esta atmósfera cargada de esoterismo la que contribuye a dejarnos llevar por las relaciones familiares y los augurios que envuelven su nuevo hogar.

Cartel de la película. Fuente: Castle Rock Asylum

Los componentes clave en la película, en mi opinión, y que son los que más erizan la piel son aquellos elementos salidos directamente de la oscuridad (o del infierno), que envuelven la acción como papel de regalo. Durante la cinta somos testigos de la desaparición de un bebé, del extraño comportamiento de una cabra, alucinaciones, o del exorcismo de un niño. Situaciones que se te van poniendo por delante, y que llegan a un punto en el que ya no te incomodan, las ves como partes esenciales, porque sabes hacia donde quiere llevarte la historia. Lo que queda al final es la paranoia conjunta, el surrealismo acompañado de la desconfianza de unos y otros, y eso es lo que duele. Mucho más que la cornada de una cabra, literalmente.

El film de Robert Eggers, consigue recuperar la fe en el cine de terror. Aquel que te hace contener la respiración. Se separa de las recientes cintas en las que los recursos esenciales son la sangre y los sustos constantes, para parecerse a otras de carácter más psicológico, de un terror que cada vez parece encontrarse en peligro de extinción, con cintas como Babadook o Madre!.