El dolor y la pérdida en Midsommar

Una pesadilla de verano. Un delirio con música tradicional y sonido de gaitas de fondo. Un viaje casi psicotrópico en un campo sueco. Así definiría Midsommar, pero definir lo que me transmite esta cinta son palabras mayores. La casa de la productora A24 nos sumerge en una de sus inquietantes historias. Una oda al dolor humano.

Bienvenidos al festival

Ari Aster consigue crear un entorno idílico rodeado de una aura aterradora. Como si te adentraras en un cuadro, Midsommar te introduce en unos campos verdes que en el primer momento consiguen transmitirte paz y calma, pero que en los siguientes instantes, te abren las puertas de todo un escenario a la inversa. A través de la historia de Dani (Florence Pugh), se nos presenta el proceso del duelo, de la pérdida y del dolor que lo envuelve todo como una sombra negra, a pesar de que haga sol. Mucho sol. En un lugar en el que no anochece, la hierba siempre es verde y el cielo es de un azul intenso, se ciñe una capa de oscuridad invisible a los ojos de nuestros protagonistas.

En la situación actual que vive el mundo, en el que se nos requiere estar encerrados, quizá nos pueda crear angustia, en algunos casos más que otros. En la cinta de Aster estamos a campo abierto, no hay nubes, ni árboles que irrumpan el paisaje en el que sucede la acción, y sin embargo eres capaz de percibir esa tétrica incertidumbre que esconden los habitantes de la comuna: la desinformación que conduce a los protagonistas a una pesadilla a plena luz del día. Una incertidumbre que, en la actualidad, puede resultarnos familiar.

La aldea al completo, acogedor. Foto: Filmaffinity

Los pilares del Midsommar

Los temas que abarca Midsommar, pues, los agruparía en tres: en primer lugar, el dolor humano, físico y psicológico; la pérdida, y el consiguiente proceso que conlleva para cada persona (este es el motor que mueve a Dani a tomar la decisión de viajar junto a su pareja, Christian (Jack Reynor), y sus amigos a Suecia), y la búsqueda constante, de algo, sin saber el qué. Las personas nos pasamos la vida buscando (incluso requiriendo) un qué. De hecho, este es uno también de los motores de Dani, que, a lo largo de la historia va dejándose caer, casi a cámara lenta y sin ella ser consciente del todo, en las manos de esa gente que ahora la rodea vestida de blanco y llenándola de flores multicolores.

La misteriosa aldea con Dani (Florence Pugh), en el centro. Foto: Filmaffinity

Dani contra el dolor, una lucha aparentemente interminable

En la película hay diversas manifestaciones del dolor. Ya sea el que conlleva la pérdida mencionada, el causado por el amor y el de la incerteza, la desorientación. En este último caso, en la desorientación e incertidumbre, quiero relacionarlo con dos momentos de la película. El primero lo llamaré “perderse para encontrarse”, es el momento en la película en el que Dani, sin saber muy bien donde está participando, acaba bailando en la competición de la coronación de la Reina de Mayo del Midsommar. Durante toda esta fantástica, costumbrista e hipnótica escena, si conseguimos no sucumbir a la música que la acompaña, vemos como Dani empieza a bailar por intuición siguiendo las indicaciones que le da su compañera, entonces ella poco a poco empieza a saber que hacer en cada momento, se deja llevar (¡hasta llega a hablar sueco!). Hasta que llega el momento en el que podemos ver la felicidad en su rostro, emoción que no se manifiesta (o lo hace de manera imperceptible) en toda la cinta en el personaje de Pugh.

Una transformada Dani (Pugh), unida a sus hermanas en el dolor. Foto: Filmaffinity

En cuanto a este aspecto, debo añadir un highlight, ubicado en el final de la cinta. Se trata de la “integración” total que lleva a cabo Dani en ese nuevo ambiente en el que se encuentra. Hay un momento, un primer plano de su expresión facial, en el que sin decir nada, en su rostro podemos observar una mueca, un signo de alegría, como si al final encontrara ese lugar que había perdido: la familia.

La inocencia del adulto

El segundo momento de incertidumbre total y asfixiante, lo vinculo a una de las escenas que sigue a la del baile. Toda la comunidad se sienta a cenar (o quizá comer, pues la luz es la misma) y Christian se encuentra bajo un efecto ‘casi’ psicotrópico por una extraña bebida que ha tomado. En su estado de confusión, en el que no entiende nada: viendo a Dani presidiendo la mesa, cubierta de flores, en un trono y todo el mundo pendiente de ella, él le pregunta a un hombre qué ocurre, a lo que el hombre, como respuesta, da una palmada justo enfrente de él. Christian reacciona como un niño pequeño, encogiéndose de hombros y bajando la mirada, “¿Por qué ha hecho eso?”, le pregunta al hombre con la voz temblorosa. Para mí en esta escena, viendo a Christian actuando de esta manera, es como verlo caer por la madriguera de Alicia. No sabe donde está, ni qué ocurre, ni sabe qué hacer o cómo reaccionar.

¿De día no da tanto miedo, no?

Hay algo más que me hizo sentir la historia. Durante la estancia de los protagonistas en la comuna, dos de ellos desaparecen casi a la vez. Dani y Christian son en ese momento los únicos que quedan, pues otra pareja que también estaba con ellos desaparece el día anterior. Entonces, cuando el espectador descubre el destino de estos personajes (cuando los propios protagonistas aun no saben nada), me invade lo terrorífico que es que desaparezcan tus amigos, en un lugar que no conoces, que la gente te cuente versiones falsas de su paradero sin que tú lo sepas, que la vida continúe como si no ocurriera nada y que nadie se preocupe por ellos. Especialmente, que ni Dani ni Christian puedan hacer nada por ellos, como si hubiera una barrera transparente que les impidiera actuar.

Con todo lo que vemos y lo que no en la última cinta de Ari Aster, lo que se demuestra es que aunque todo lo bañe la luz del sol, siempre puede haber inquietud en la claridad. Lo terrorífico no lo envuelven únicamente las sombras. Eso es lo que demuestra Midsommar.

Uno de los hipnóticos carteles de la película, el placer de lo estético. Foto: Filmaffinity

Azotea

Ayer me desperté, y al abrir las persianas vi que estaba lloviendo (¡y qué frío hacía!). Pensé como esta situación me recuerda cada vez más al capítulo de la Banda del Patio en el que llueve sin parar y no pueden salir al recreo. Entonces cada día, a la hora del recreo, se quedan encerrados en el comedor, donde empiezan a delirar, enfadarse entre ellos y en general tienden a todo tipo de efectos secundarios propios del aburrimiento y de estar encerrados. De hecho llegan al punto de odiar el recreo, deseando poder quedarse en clase.

Tras pensar en esto, me fijé en una construcción que hay enfrente de mi edificio y que lleva así desde este verano o más atrás. Al llegar a casa el sábado, vi que el edificio había pasado en apenas un mes y medio de tener una planta, a tener tres. Me pregunto quién vendrá a vivir aquí, qué historias nacerán junto al edificio, … La lluvia le da otro color a la situación, si ya de por sí es un poco gris un esqueleto de cemento, que el cielo adopte el mismo color es un plus de dramatismo.

No es que hoy me haya dedicado a mirar más por la ventana de lo normal, sino que cuando observo los edificios que envuelven mi casa, me gusta imaginarme qué debe ocurrir en ellos, qué historias guardan. Especialmente ahora que cada hogar se ha transformado en un cofre lleno de historias. ¿Qué hará la gente para no aburrirse?. La noche anterior mi hermana entró en mi habitación y me dijo, “¿Te apetece salir a tomar una cerveza a la terraza?”. Antes de que acabara la frase creía que iba a decir si me apetecía salir fuera, una ilusión del momento. Así que cogimos dos cervezas y salimos fuera, a la terraza. Me sentí como en una de esas azoteas neoyorquinas viendo los pisos al otro lado de la calle, con las luces encendidas, los coches pasar de vez en cuando, y valorando lo extraño que era que el silencio lo envolviera todo. Vamos a intentar convertir esto en una rutina, a las diez de la noche salir a la terraza a tomar una birra, a celebrar lo bien que estamos a pesar de que estemos encerrados. Viendo las diferentes tonalidades que puede tener el día desde la ventana. Por eso intento imaginar qué debe hacer la gente en sus casas estos días, y vuelvo a mirar el edificio que tengo delante, ahora en construcción de manera permanente, pensando que por una parte todo es efímero, pero a la vez todo está paralizado. Pero a pesar de esta paralización latente, veo mucho movimiento, especialmente en los momentos que el día lo permite.

La azotea en la escena final de Her. Foto: Pinterest

Sin ir más lejos (aunque tampoco podría), ayer volví a salir a la calle, esta vez para ir al súper de verdad, decidida y sin ningún tipo ‘performance’ como pretexto. Fue un agradable paseo bajo las farolas y su haz de luz anaranjado que duró unos cinco minutos. Lo bonito fue que de vuelta a casa con el café que había ido a comprar, un bien de primera necesidad por supuesto, irrumpió en la calle la ola de aplausos que ahora tiene lugar cada noche. Pero no fue eso lo que me llamó la atención, ni lo que dirigió mi cabeza a través de los balcones, ventanas y terrazas, sino la melodía de “Viva la Vida” de Coldplay. Resonaba por el cruce de calles detrás de mi bloque, al final localicé la música. Salía de una de las azoteas vecinas.

Entonces que todo esté más paralizado: sí, es cierto y puede percibirse perfectamente, pero no se aplica a todo ni en todo momento. Esa canción, en ese momento, fue como escuchar un himno, una melodía que durante unos segundos nos unía a todos los que la estábamos escuchando.

Antes irme a dormir y finalizar otro día en casa, leí una publicación que llamó mi atención. Hablaba de que la canción de R.E.M, It’s The End Of The World As We Know It (And I Feel Fine), ha vuelto a entrar en las listas de Estados Unidos, alcanzando el número 64, y por lo visto continua subiendo. Es paradójico, pues en parte estos días es cierto que la vida como la conocíamos: la rutina, salir a la calle a pasear, al trabajo, y otro tipo de actividades que maldecíamos, se ha terminado. Pero a la vez estamos bien, estamos en casa, vivimos en una época en la podemos acceder a bastantes contenidos y posibilidades desde el sofá, muchos pudimos regresar a casa desde otras ciudades y poder estar con la familia, … Sigue siendo una paradoja, pero mantiene algo reconfortante. Quién sabe, puede que la semana que viene sea “Viva La Vida” la canción que vuelva a entrar en las listas, alcance el top 1 y podamos oírla desde nuestras azoteas y balcones.

Salir

Ayer salí a caminar. O lo intenté. Sé que no es lo adecuado, sin embargo, salí sola y me metí por el entresijo de callejuelas desiertas que se forman detrás del bloque de mi casa. Lo hice porque la idea de empezar a espiar a la gente como en Disturbia cada vez se me presentaba más atractiva, pero quizá es un efecto secundario del aburrimiento que pueda prolongar. Así que salí a la calle, nadie ni nada a la vista. Estaba más pendiente de vigilar si veía a alguien, con la palabra ilegal rebotando en mi cabeza, y sé que en parte con razón, que de la música que iba reproduciéndose a través de mis auriculares.

Antes de salir de casa estaba súper decidida poniéndome el abrigo, cuando mis padres me dicen “si te paran dices que vas al súper, coge dinero por si acaso”. Como al actuar en una obra de teatro, debía prepararme mis frases. Salgo a la calle, y, antes de que alguien pudiera pararme por mi infracción de salir al exterior sin perro y sin la intención de ir a comprar bienes de primera necesidad (suena como una película sobre el Armagedón) yo ya me estaba dirigiendo, inquieta, hacia el supermercado más cercano a mi casa, sin la intención de comprar nada, tal era el grado de mi implicación. Sentía como si me estuviera justificando ante ojos y miradas invisibles. Cada persona que me encontraba notaba que me miraba inquisitivamente, como si fuera a llamar en cualquier momento a algún tipo de autoridad futurista y peligrosa, como el DUP en Infamous. Me sentía fuera de lugar. La escena me recordaba a La Purga, sin tanto terror, pero con las calles vacías y encontrándote a una persona (con perro) cada tres minutos, la sensación es que salir a la calle es un riesgo, un riesgo por el que puedes acabar mal. Mi intención era salir a caminar por el paseo que envuelve el torrente que hay enfrente de mi casa, pero tal era mi paranoia, que consideré que era un lugar demasiado expuesto, de tal manera que me dirigí hacia las calles que formaban un pequeño laberinto y escondite perfecto detrás de casa. Al llevar un par de minutos en “el exterior” decidí arriesgarme y salir por una de las callejuelas a otra más ancha: una avenida. Cuando iba a realizar tal movimiento, giré la cabeza hacia la izquierda y lo vi, un coche de policía con cuatro agentes de pie a su lado. El modo de juego pasó a ‘modo fugitivo’, di media vuelta y volví hacia las callecitas que me abrazaban con sus tiendas cerradas, sus balcones y sus coches aparcados indefinidamente. Así que decidí continuar mi trayecto por una calle que literalmente recorría la espalda de mi edificio, cualquier persona que me viera pensaría que estaría desubicada, dando vueltas constantemente por las mismas calles. Entonces le di la vuelta al edificio bajo todas esas miradas que podía imaginarme desde ventanas y balcones y regresé a la entrada. Eso sí, con ese toque dramático de mirar a tu espalda repetidamente mientras llamaba al interfono. La luz roja que indica que la puerta estaba abierta me recibió y volví a casa. La adrenalina que tenía en el cuerpo era extraña, no era de euforia, sino más bien de cuando rompes algo y escondes la prueba del crimen. Sentía que había intentado hacer algo en vano.

Mañana puede que lo vuelva a intentar, quizá cuando sea de noche, puede que entonces consiga pasar más desapercibida.