A raíz de ver Joker (¿os suena?) regresó a mí la obsesión por la némesis de Batman, así que la mañana siguiente, con una tormenta a lo lejos, me puse “La Broma Asesina” (The Killing Joke). La versión animada del cómic de Alan Moore, Brian Holland y John Higgins. Leí el cómic hace unos años, pero por aquel entonces no me llamó la atención la película. Inocente de mí.
Entonces empecé a verla. Y lo primero que me llamó la atención fue la primera parte de la película, donde se presenta a Batman y a Batgirl “trabajando” juntos y patrullando Gotham, así como quien no quiere la cosa. Una parte añadida a la película exclusivamente. Me sorprendió para bien, especialmente la relación de amor/odio entre Bruce y Barbara. Aunque eso hace que lo que ocurra luego con ella sea aún más doloroso. El payaso de DC lleva a cabo una de sus peores atrocidades hacia Barbara Gordon. Pero eso ya lo veréis por vosotr@s mism@s.
Después de casi una hora de película, incluyendo una pausa para comer, empieza la parte que más grabada tenía en la memoria. Se presenta al antagonista de la historia, en realidad, una de sus macabras obras: una sala llena de cadáveres con una sonrisa permanente en la boca, de pómulo a pómulo, sentados en sillas, como si de una clase se tratara. El inspector le explica al murciélago lo ocurrido, y él en su cabeza ya sabe dónde y a quién debe ir a visitar. Siguiente escena, Arkham Asylum, el famoso hospital psiquiátrico de Detective Comics, hogar de tantas historias y de varios enemigos de Batman. Paralelamente a esta situación, un hombre cuyas características quizá nos puedan resultar familiares y con la misma voz que el profesor Lupin en Harry Potter (el doblador en español del actor David Thewlis), lo que me pareció gracioso y todo, visita un parque de atracciones abandonado a lo Coney Island para comprarlo. Es aquí donde se nos presenta al payaso del crimen. Una de sus versiones más crueles, dispuesto a todo para atraer a quién ya sabéis hacia su territorio.
Esto es lo que más recordaba del cómic, las escenas del parque y, para mí lo más interesante, los flashbacks que tiene el Joker de su vida pasada. Tanto en el cómic como en la película, el color de esas partes cambia al sepia. Te cuentan la situación de un hombre que se ve incapaz de sacar adelante a su familia, incapaz de hacer reír a la gente siendo comediante, cuyos sueños se ven frustrados. A este hombre se le presenta una oportunidad, y al no tener, según él, nada que perder y mucho que ganar, acepta. Aparece así la mítica capucha roja, el misterioso disfraz que debe llevar para ayudar a unos ladrones a cruzar una planta química y llegar a una fábrica de naipes (muy irónico, vamos). Como podíais esperar: entro en una planta química y sale mal. El resto ya lo sabéis, cara blanca, pelo verde, sonrisa de lado a lado y la demencia servida. Todo de golpe.
Las partes como esta, las del origen del personaje y de la vida que llevaba antes fueron las que más me atraparon. Pues una de las cosas que me atraen más de las historias son los orígenes, cómo se forman los personajes, porqué están allí o qué les motiva. Y el Joker se lleva la palma en cuanto a historias de origen.
Pero lo que realmente quería ver era la mítica escena de la batalla final. Siguiendo con la historia, el Joker consigue atraer a Batman a su trampa circense, e inician una pelea. Cuando el Joker queda prácticamente derrotado, Batman es fiel a su ética y decide no llegar al final, sino que la da un discurso al estilo coaching de rehabilitación a la sociedad. A lo que el Joker le responde con un chiste. Este chiste, es decir, las últimas viñetas del cómic, los últimos fotogramas de la película, son una de las mejores partes y que revelan una probable realidad sobre el enmascarado: la gran similitud que tiene con su archienemigo. No voy a contaros el chiste, perdería su gracia.
Al terminar The Killing Joke me sentí satisfecha de por fin haberla visto y profundizar más en el universo animado de Batman. En mi itinerario, la siguiente parada es, Batman: Mask of the Phantasm.
