Estocolmo

El otro día moví los muebles de mi habitación de sitio. He oído decir que eso da zen, que canaliza la energía de las habitaciones y de los muebles. Eso dicen. Cuando lo hacía, en mi cabeza solo pensaba que estaba matando el tiempo con algo que quería probar. Estaba bloqueada, quizá así el zen de los muebles se canalizaba a través de mí y dejaba algún resquicio en mí. La sensación que tuve sí que fue la más parecida a confinamiento, de hecho ayer por la mañana empezó a diluviar, una tormenta diurna, y sentí la necesidad de salir a la calle y dejar que cada gota cayera sobre mí, como Evey en V de Vendetta cuando sale de su celda. Fue una ilusión espontánea, he cerrado las persianas y he regresado al reino de mi habitación. Allí no llovía y la luz era artificial.

Una idea que lleva rondando por mi cabeza desde hace un par de días: cuando acabe esto, nos apetecerá salir tanto como nos imaginamos o queremos imaginar? Yo quiero pensar que sí. Este mediodía he encontrado la terraza abierta. Fuera estaba de pie mi padre, de pie, observando, mejor dicho, contemplando, la tranquilidad de la calle. Anhelo, eso es lo que he sentido. Entonces él me ha dicho “hay que valorar la vida despacio, saborearla ahora que las horas pasan lento”. Valorar el tiempo cuando lo que hacemos para llenar el día lo llamamos “matar el tiempo”. Me da gracia y lástima a la vez, porque estos días donde disponemos de todo el tiempo del mundo, literalmente, no encuentras el tiempo o la inspiración para hacer esas cosas que tanto hacía que querías hacer: leer todos los libros pendientes, ver la filmografía de alguien, aprender a tocar un instrumento, etc. Valorar el tiempo. Sin embargo, no encontramos la ocasión para muchas de estas cosas. De esta clase de listas mentales que elaboramos, también hay algo que no me cuadra: el hecho de que nos exijamos hacer estas cosas, como una obligación. Soy partidaria de que es cierto, hay cosas que debemos exigirnos para hacerlas de una vez por todas, pero hay otras, las que se basan en la vocación, en el interés y en la creatividad, que no pueden auto-exigirse.

Por eso pienso que sí, claro que querremos salir. Sin embargo, planteo una némesis para esta idea, algo que me parece curioso, al menos en mi cabeza. Y si desarrolláramos un síndrome parecido al de Estocolmo (por no decir idéntico), que no quisiéramos salir a la calle, acostumbrados a esta «reclusión» (tampoco podemos llamarlo así, tenemos bastantes libertades la verdad). Quizá esto no ocurra cuando acaben estos días, de hecho en mi caso lo noto ahora, durante los días. Cuando salgo a tirar la basura siento que estoy haciendo algo mal, la última vez que fui al súper me sentía extraña hablando con el cajero, sensaciones contradictorias en situaciones que antes ni me planteaba. Cuando hablo de que vuelvan los días normales, no quiero reducirlo solo a salir por ahí, me refiero también a la gente. Tanto tiempo sin ver a según qué personas, sin estar con ellas, me lleva a pensar, “qué extraño todo”. No pude despedirme de muchas, a otras quizá no las vea hasta el año que viene, y puede que cuando vuelva la “normalidad” deje de ver a otras. Reconozco que esta clase de pensamiento se me desarrolla a la velocidad de la luz por el hecho de estar encerrada, no es que quiera hacer apología a la negatividad. Ahora mismo todo este flujo de pensamientos se retroalimentan, rebotan como un boomerang en mi cabeza como si fuera una habitación cerrada a cal y canto.

Antes de que llegara toda esta oleada a mi cabeza, después de comer me puse una película, La Vecina De Al Lado, ya sé que parece que lo de espiar a la gente es un tema recurrente. Pero hay una escena al principio en la que los protagonistas tienen su primer contacto visual. Ella baja del coche y empieza a sonar The Killing Moon, él al otro lado del jardín sacando la basura, como una estatua. La cinta no tiene nada especial a recalcar, una película del 2004 con algunas escenas simbólicas, pero esa en concreto hizo que ver la película valiera la pena, y redescubrí una canción. Al terminar de verla, aún con los auriculares puestos empecé a bailar la canción en la cocina mientras me preparaba un té. Ahora mismo te da igual que alguien te vea por la ventana, seguro que todo el mundo tiene sus momentos de liberación espontáneos personales. The Killing Moon, valorar esos cinco minutos despacio.